viernes, 15 de mayo de 2009

PATENTE DE CORSO - ¿Cómo buscarse la ruina?

Este es un articulo que leí en la pag. Del Sr. Cecilio, quien a su vez lo leyó de un articulo publicado en XLSemanal. A mi personalmente me parece un reflejo muy real respecto a la actualidad. Vivimos en una sociedad tan garantísta, lo cual me parece muy bien, pero a su vez tan incoherente que a veces resulta que los que nos dedicamos a proteger y a salvar vidas nos vemos mezclados en una situación ilógica e injusta pero real. Me refiero a la indefesión con la que muchas veces nos encontramos... aunque sea un éxito la acción, las consecuencias juridicas, a veces van en contra del personal de seguridad tanto de la publica como de la privada... y no precisamente el personal no fué escrupuroso con la ley ni con el derecho personal sino por la interpretación a veces tan ambigua de las leyes por parte de los jueces y fiscales... Se requiere una escrupulosa y veraz prueba que en muchas ocasiones parece que piden lo imposible... inreal... En muchas ocasiones me he preguntado si no estaria mejor que de vez en cuando los jueces y los fiscales se hicieran unas rondas o mejor aún unas patrullas con los agentes y vigilantes para que vieran los ingenios que hacen los delicuentes para dificultar a los agentes y vigilantes. Las provocaciones e incluso agresiones que causan a estos profesionales pero que cuando haces la denuncia y en el juicio como mienten y falsean la verdad a su favor... Por Dios, yo sé de Jueces que parecen que viven en el otro mundo... sus circulos familiares y amistades son los que son pero si le dices que en la noche, en tal sitio, se vende drogas.. que hay mucha violencia GRATUITA y violaciones de todo tipo de derechos y leyes... Te dicen que "¡Anda ya! eso no es verdad". Por desgracia en la vida real 1 + 1 no siempre es 2 y estoy seguro de que los compañeros que se dedican a la seguridad lo saben. Saben que para protegen la vida, la integridad, los derechos fundamentales y el orden publico, no solo deben jugarse su integridad fisica, sino desgraciadamente en muchas ocasiones, incluso carcel o perder la vida en el intento... Vemos como nuestros derechos a defendernos es reducido frente al derecho de la integridad del agresor... Nuestra integridad puede ser herida, Nuestro honor y buen nombre manchacado, insultado y pisoteado por los que reclaman derechos pero olvidando sus DEBERES. Nunca quieren que estemos pero cuando se sienten el peligro gritan al cielo que les asistamos, por dios para eso estamos dicen... Por suerte a los que nos gusta esta profesión que es la seguridad a parte de sus exigencias requeridas y no refrejadas en ningún manual es la virtud de la vocación. Esta Vocación puede ser adquirida antes o durante el ejercicio de la profesión y gracias a esto muchos por no decir todos, nos ayuda y nos consuela en esos momentos en los cuales la situación nos enfurece y provoca rabia... Rabia de querer y no poder, como dice Sr. Cecilio somos los buenos, profesionales, por eso entrenamos para mejorar, para avanzar, para tener más recursos a la hora de decidir y actuar... porque para ser el malo no hace falta todo este esfuerzo de aprender... bueno no me iré por las ramas, aunque creo que ya me he ido..., jejeje. Lo siento, volviendo al tema solo diré una cosa... algo no funciona en este país... y es que para proteger y defender el derecho individual y la integridad física de una persona hay que robar o denegar los mismos derechos a otros, y con éstos otros me refiero a los que nos dedicamos a la seguridad y termina a un cuidadano honrado de a pie.

Ahi va el articulo de Sr. D. Arturo Pérez Reverte

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 3 de Mayo de 2009
Me despierta un ruido y miro el reloj de la mesilla de noche. Ha sonado en la planta de abajo. Así que cojo la linterna y el cuchillo K-Bar de marine americano –recuerdo de Disneylandia– y bajo las escaleras intentando ir tranquilo y echar cuentas. Cuántos son, altos o bajos, nacionales o de importación, armados o no. Si estuviera en un país normal, este agobio sería relativo. Bajaría con una escopeta de caza, y una vez abajo haría pumba, pumba, sin decir buenas noches. Albanokosovares al cielo. O lo que sean. Pero estoy en la sierra de Madrid, España. Tampoco me gusta la caza ni tengo escopeta. Sólo un Kalashnikov –otro recuerdo de Disneylandia– que ya no dispara. Por otra parte, una escopeta no iba a servirme de nada. Estoy en la España líder de Occidente, repito. Aquí el procedimiento varía. Mientras bajo por la escalera –de mi casa, insisto– con el cuchillo en la mano, lo que voy es haciendo cálculos. Pensando, si se lía la pajarraca, si no me ponen mirando a Triana y si tengo suerte de esparramar a algún malo, en lo que voy a contar luego a la Guardia Civil y al juez. Que tiene huevos.
Lo primero, a ver cómo averiguo cuántos son. Porque si encuentro a un caco solo y tengo la fortuna de arrimarme y tirarle un viaje, antes debo establecer los parámetros. Imaginen que descubro a uno robándome las películas de John Wayne, le doy una mojada a oscuras, y resulta que el fulano está solo y no lleva armas, o lleva un destornillador, mientras que yo se la endiño con una hoja de palmo y pico. Ruina total. La violencia debe ser proporcionada, ojo. Y para que lo sea, antes he de asegurarme de lo que lleva el pavo. Y de sus intenciones. No es lo mismo que un bulto oscuro que se cuela en tu casa de madrugada tenga el propósito de robarte Río Bravo que violar a tu mujer, a tu madre, a tus niñas y a la chacha. Todo eso hay que establecerlo antes con el diálogo adecuado. ¿A qué viene usted exactamente, buen hombre? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?… Y si el otro no domina el español, recurriendo a un medio alternativo. No añadamos, por Dios, el agravante de xenofobia a la prepotencia.
Pero la cosa no acaba ahí. Incluso si establezco con luz y taquígrafos los móviles exactos y el armamento del malo, un juez –eso depende del que me toque– puede decidir que encontrártelo de noche en casa, incluso armado de igual a igual, no es motivo suficiente para el acto fascista de pegarle una puñalada. Además hay que demostrar que se enfrentó a ti, que ésa es otra. Y no digo ya si en vez de darle un pinchazo, en el calor de la refriega le pegas tres o cuatro. Ahí vas listo. Ensañamiento y alevosía, por lo menos. En cualquier caso, violencia innecesaria; como en el episodio reciente de ese secuestrado con su mujer que, para librarse de sus captores, les quitó el cuchillo y le endiñó seis puñaladas a uno de ellos. Estaría cabreadillo, supongo, o el otro no se dejaba. Pues nada. Diez años de prisión, reducidos a cinco por el Tribunal Supremo. Lo normal. Por chulo.
Imaginemos sin embargo que, en vez de cuchillo, lo que esta noche lleva el malo es una pistola de verdad. Y que en un alarde de perspicacia y de potra increíble lo advierto en la oscuridad, me abalanzo heroico sobre el malvado, desarmándolo, y forcejeamos. Y pum. Le pego un tiro. Ruina absoluta, oigan. Sale más barato dejar que él me lo pegue a mí, porque hasta pueden demandarme los familiares del difunto. Otra cosa sería que el malo estuviese acompañado. En tal caso, nuestra legislación es comprensiva. Sólo tengo que abalanzarme vigorosamente sobre él, arrebatarle el fusco, calcular con astuta visión de conjunto cuántos malos hay en la casa, qué armamento llevan y cuáles son las intenciones de cada uno, y dispararle, no al que lleve barra de hierro, navaja empalmada, bate de béisbol o pistola simulada –ojito con esto último, hay que acercarse y comprobarlo antes–, sino a aquel que cargue de pistolón o subfusil para arriba. Todo eso, asegurándome bien, pese a la oscuridad y el previsible barullo, de que en ese momento el fulano no se está dando ya a la fuga; porque en tal caso la cagaste, Burlancaster. En cuanto al del bate de béisbol, el procedimiento es simple: dejo la pistola, voy en busca de otro bate, bastón o paraguas de similares dimensiones y le hago frente, mientras afeo su conducta y le pregunto si sólo pretende llevarse las joyas de la familia o si sus intenciones incluyen, además, romperme el ojete. Luego hago lo mismo con el de la navaja. Y así sucesivamente.
El caso es que, cuando llego al final de la escalera, comiéndome el tarro y más pendiente de las explicaciones que daré mañana, si salgo de ésta, que de lo que pueda encontrar abajo, compruebo que se ha ido dos o tres veces la luz, y que el ruido era del deuvedé y de la tele al encenderse. Y pienso que por esta vez me he salvado. De ir a la cárcel, quiero decir. Traía más cuenta dejar que me robaran.