miércoles, 13 de enero de 2010

Eficacia de las municiones de empleo policial

“Un hombre de 22 años, en estado demencial, mata a tres personas. Al ser detenido y desarmado, ataca a un agente con un cuchillo que lleva oculto. El agente dispara sobre el individuo, que se tambalea, pero furioso ataca de nuevo, debiendo el agente disparar cuatro veces más para poder abatirlo”. Este caso como otros muchos similares, nos llevan a la necesidad de estudiar no solo el empleo del arma adecuada, sino especialmente si la munición empleada cumple los requisitos necesarios para obtener la máxima eficacia.

Hacer un análisis de la balística de efectos de la cartuchería en las armas de empleo individual (corta y larga), nos lleva de forma inevitable al concepto de EFICACIA. La eficacia puede entenderse como “la virtud, fuerza y seguridad necesaria para conseguir un resultado deseado”, reconociendo que en referencia a las armas cortas, no es la característica más sobresaliente que poseemos en la actualidad. Esta afirmación se sustenta bajo algunos argumentos que precisan un pequeño análisis. De la Primera Guerra Mundial (1914-1918), se extrae un dato desolador: Por cada muerto registrado se dispararon más de un millón de cartuchos.

Este dato es elocuente por sí mismo, y no cabe demasiadas explicaciones. Ese millón de balas buscaron un blanco humano, de las cuales cinco mil fueron eficaces al encontrarlo, pero en distinto grado, pues solo quinientas produjeron un efecto “fuera de combate” y solo una, baja definitiva.

La eficacia se ha manifestado de forma elocuente en ese conflicto y algunos posteriores, como la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la Guerra de Corea (1950) y en la Guerra de Vietnam (1960).

En referencia a estas armas, el progreso producido en el último siglo ha sido insignificante frente a otras que por el tiempo de desarrollo y evolución tecnológica, rozan casi la perfección, siempre entendida desde el punto de vista de eficacia obtenida. Los revólveres que hoy utilizamos poco se diferencian de los que había hace 100 años. Las pistolas semiautomáticas poco se diferencian de aquellas desarrolladas en el primer cuarto del siglo pasado, cuya estructura principal (armazón y corredera), sistema de funcionamiento y mecanismos son prácticamente iguales a los actuales (salvo alguna excepción), diferenciándose únicamente en el desarrollo de nuevos materiales, cuya evolución se ha aplicado en la tecnología de fabricación.

La razón fundamental hay que buscarla en el estado “primitivo” en el que aún se encuentran estas armas, ya que la tecnología actual no ha sido capaz de dar solución a los tres grandes inconvenientes que se manifiestan en la eficacia,
  1. El error humano.
  2. La precisión que no está asegurada.
  3. Los efectos previsibles que no se producen.
Eliminar el primero y asegurar el segundo inconveniente, es tarea casi imposible en la actualidad, pero si se pueden mejorar los efectos, que dependen de las municiones que se van a emplear.

El empleo que se debe dar a las armas y sus municiones, son en líneas generales de dos tipos: empleo militar y empleo policial. En ambos casos, se consideran las armas de dos tipos claramente diferenciadas, cortas y largas, y por supuesto las municiones que deben emplearse en cada caso deben ser específicamente diseñadas para cada una de ellas.

Las armas largas de empleo militar, debe utilizar una cartuchería que sea capaz de batir un blanco a gran distancia, por tanto de gran potencia, con balas de peso comprendido entre 5 g y 10 g, de forma aerodinámica y gran esbeltez, que permita una rápida estabilización en vuelo y así conseguir una trayectoria muy tensa y una precisión óptima. La bala debe ser sólida, rígida y compacta (forma tronco-cónica ojival), para favorecer sus características balísticas, razones que identifican forzosamente las balas blindadas, con núcleo pesado, envuelta de latón rebatido en el culote, tipo militar (CuZn 70/30), o bien macizas de acero, bronce y otros materiales.

Las armas cortas de empleo militar, utilizan una cartuchería que en concepto varía poco respecto a lo anterior, utilizando de forma generalizada la bala blindada, que es corta poco esbelta (cilíndrico-ojival), de grueso calibre (entre 7 mm y 12 mm), de vuelo tenso y gran estabilización. Se debe entender que esta cartuchería se utiliza con armas automáticas (tipo subfusil) y semiautomáticas (tipo pistola), de empleo a corta distancia contra blancos humanos, cuyo requerimiento principal, en los últimos años especialmente, es un alto poder de detención que las balas blindadas no son capaces de proporcionar.

Los requerimientos técnicos que se exige a las municiones de empleo militar, así como la exigencia de un acusado poder de perforación, han justificado de una manera determinante el uso de balas blindadas, sin embargo existen razones poderosas que aconsejan un estudio serio y en profundidad para el empleo de otro tipo de balas, como puede ser la semiblindada de diseño especial, capaces de proporcionar un excelente poder de detención y un buen poder de perforación, sin olvidar un elemento de obligado cumplimiento, como ha sido el hecho que España ha suscrito y ratificado los acuerdos de las convenciones de la Haya de 1.899 y 1.907, que han cerrado el paso a todo progreso en la balística de efectos (en este caso a la balística de heridas), que ha proscrito a perpetuidad las llamadas balas deformables, de uso deportivo, capaces de producir “sufrimientos innecesarios” a los combatientes.

Las armas de empleo policial, de igual forma deben ser tratadas por separado. En general, los cuerpos policiales, no sujetos a prohibiciones o restricciones de empleo de las municiones de ámbito militar, utilizan en las armas cortas, la bala semiblindada, deformable, expansiva pero no fragmentable de gran poder de detención y suficiente poder de perforación. En referencia al empleo policial de las armas largas, se debe tener en cuenta que detrás de un delincuente suele haber personas inocentes, y los rebotes, fragmentos y gran poder de penetración, de las municiones, pueden producir efectos colaterales que anulan la eficacia de una buena acción policial. Por tanto, debe estudiarse en profundidad, la elección del tipo de bala que se ha de utilizar en una acción determinada.

El empleo de armas cortas, diseñadas bajo premisas que adolecen de una falta de desarrollos de vanguardia (como la incorporación de alta tecnología electrónica), no resuelven el problema de la eficacia, que se agrava cada vez más, por el aumento de peligrosidad en la delincuencia y las acciones terroristas cada vez más sofisticadas.

El único camino posible que permita obtener un aumento de la eficacia es a través del estudio de la balística de efectos, siendo el conjunto arma/munición el responsable directo y en todo caso considerando el arma como una parte secundaria de la misma.

De forma general, los efectos que se pretenden de un cartucho para un arma corta (policial o militar), son la precisión, penetración (PODER DE PENETRACIÓN) y cesión de energía de detención o contención (PODER DE PARADA), cuyos objetivos son las personas y las cosas (blindajes y protecciones). La precisión, como es bien sabido, depende mucho más del adiestramiento del tirador que de las características técnicas y balísticas del arma y la munición.

¿Qué efectos deben producirse para obtener el resultado deseado? Esta pregunta requiere de un pequeño análisis de los fundamentos básicos de la balística de heridas. Una bala, animada de una velocidad determinada, al penetrar en un medio blando (tejido muscular, graso, jabón, gelatina, agua, etc), desaloja de forma brusca las partículas del medio penetrado, en dirección perpendicular a la trayectoria de entrada.

Las partículas desplazadas, que han tomado la energía cinética de la bala, se alejan centrífugamente del agujero de penetración con velocidad decreciente, hasta que son detenidas por las fuerzas elásticas del medio, volviendo a su posición primitiva, formándose un hueco temporal, cuyo diámetro será máximo cuando la energía cinética de las partículas se transforma totalmente en elástica. Este fenómeno se repite varias veces, cada vez con menor intensidad, existiendo un rozamiento entre partículas que transforma su energía cinética en calor. Estos huecos sucesivos producidos se calculan experimentalmente y el volumen de los mismos depende del diámetro del hueco y la velocidad de la bala. Por tanto, este fenómeno que trata de explicar el poder de penetración de la bala, físicamente debemos interpretar lo que ocurre con la cantidad de energía que tiene la bala al incidir sobre el blanco. Esta energía cuyo valor depende de su masa y velocidad, se consume de tres maneras, cesión de energía al medio para penetrarlo, cesión de energía para deformarse (deformación de la bala) y energía residual para continuar una vez penetrado el blanco. ¿Qué situaciones se pueden producir?
  1. La bala perfora parcialmente el blanco. La energía se consume preferentemente en deformarse la bala, el resto en la pequeña perforación. La energía residual es nula. Típico caso de blanco con alta resistencia a la penetración. Caso típico de in disparo sobre un chaleco antibalas no perforado.
  2. La bala perfora el blanco. La energía es cedida para penetrar el blanco, la bala apenas se deforma, y la energía residual es alta. Típico caso de bala perforante. Caso de perforación completa de un chaleco antibalas o chapa de blindaje.
  3. La bala perfora, con orificio de salida, pero queda en el blanco. Caso similar al anterior, pero la energía cedida está al límite de penetración, apenas se deforma la bala y la energía residual es nula. Caso típico de bala incrustada en el blanco con orificio de entrada y salida. Caso de una perforación al límite de un chaleco antibalas.
  4. La bala no perfora el blanco. La energía se consume principalmente en deformar la bala, no hay cesión de energía al blanco y la residual es nula. Caso de un proyectil al impactar sobre un blanco muy duro (chapa de blindaje)
En todas estas situaciones, se produce un elemento común que es la energía cedida de la bala al medio. Ésta debe ser consumida, y según se lleve a efecto este consumo, obtendremos municiones de alto poder de penetración o alto poder de detención o parada. En caso de un disparo sobre un tejido animal, se producen tres efectos fundamentales, determinantes para clasificar si la munición se corresponde especialmente a uno de estos dos grupos, el efecto hidráulico, el efecto shock traumático y el efecto hidrodinámico.
  • El efecto hidráulico se manifiesta cuando un sólido penetra en un líquido originando una sobrepresión, produciendo en muchos casos la explosión del recipiente (en caso animal cráneo, corazón, vejiga,etc).
  • El efecto shock, no está perfectamente determinado, si bien podría ser una irritación repentina del sistema nervioso que regula la frecuencia cardiaca, pudiendo llevar a esta a valor cero, es decir a un paro cardíaco.
  • El efecto hidrodinámico es una consecuencia del primero (consecuencia de los huecos temporales), que consiste en una onda de choque fuerte, breve y pronunciada, que avanza a mayor velocidad que la bala y cuyos efectos negativos sobre el cuerpo son mínimos y en ningún caso pueden llegar a producir la muerte.
Finalmente indicar que la deformabilidad de la bala depende de la velocidad de impacto, de la organización de la bala (forma, material) y de las características del medio, puede resultar que se fragmente parcial o totalmente, deformarse en forma de seta, aumentando su sección recta o puede permanecer sin deformación alguna. En cualquier caso, necesita una velocidad determinada para estar en las condiciones apropiadas para producir el efecto deseado, efecto que puede predecirse sin exactitud a través de herramientas experimentales de la balística de efectos.

Publicado en TodoSeguridad