lunes, 4 de enero de 2010

RELATO DE UN SECUESTRO

El capitán Richard Phillipsdel de Buque MAERSK ALABAMA relata su secuestro.

El mejor momento del día para el capitán de un barco es temprano en la mañana, minutos antes de que salga el sol. Ese ha sido siempre mi favorito, a excepción de las cuatro madrugadas en las que estuve secuestrado por un grupo de piratas somalíes, en un pequeño e incómodo bote salvavidas, flotando en el océano Índico el pasado abril.

Aquellas fueron madrugadas insoportables. La salida del sol marcaba el inicio de una jornada incierta e incómoda; con las primeras luces, sabía que vendría el calor y la sed, en un bote sin baño y sin comodidades, con mi vida suspendida entre los fusiles AK-47 y los 2 millones $ que pedían por mi rescate. Fueron mañanas eternas, hasta la tarde del domingo 12 de abril de 2009, cuando vi morir, uno a uno, a mis tres captores.

Fui secuestrado cuando capitaneaba el barco de carga Maersk Alabama, un buque de la naviera Maersk Line Limited, subsidiaria estadounidense de la sueca Moller-Maersk. Con mi tripulación, compuesta por 20 norteamericanos, debíamos llevar alimentos y ayuda humanitaria al puerto de Mombasa, Kenia.
Recientemente y debido al incremento de los ataques de pequeños botes piratas a embarcaciones en el golfo de Adén, la empresa y el sindicato nos habían ofrecido cursos para manejar y neutralizar secuestros de este tipo. Las enseñanzas estaban frescas cuando, en la mañana del 8 de abril, vimos aparecer el enclenque bote con los cuatro piratas adolescentes a bordo.

Primero intentamos esquivarlos. Pero nuestros esfuerzos fueron vanos. En cuestión de minutos, pude ver desde el puente de mando cómo los cuatro muchachos, ayudados con cuerdas y poleas, se encaramaban. Di entonces la orden de que sonara la alarma y le exigí a la tripulación que no actuaran contra los somalíes; por el contrario, les pedí que se escondieran, orden que cumplieron, para luego desde su escondite sabotear la toma del barco, apagar los motores e incluso lograr capturar a uno de los cuatro piratas, todo mientras yo en el puesto de mando, intentaba hablar con los jóvenes secuestradores.

Abajo, escondida en el cuarto de máquinas y en medio de la oscuridad, la tripulación hizo un trabajo estupendo. Lograron hundir el botecito de los somalíes moviendo sistemáticamente el timón del Maersk; momentos después capturaron a uno de los cuatro piratas cuando abandonó el puente de mando, donde me encontraba; y, finalmente, apagaron todos los sistemas del barco y lo dejaron incontrolable. Se los hice saber a los tres somalíes que quedaban conmigo: no podrían tomarse la embarcación y tampoco podían huir, era mejor que tomaran uno de nuestros botes y se fueran.

Antes de que cayera la noche habían tomado la decisión de irse y llevarme con ellos. Primero nos montamos en un bote salvavidas, pero una vez en el agua, el motor murió rápidamente. Desde el bote nos comunicábamos por radio con la tripulación, y esta accedió a facilitarles a los secuestradores un bote naranja con cubierta, y de paso hacer un intercambio de prisioneros. Sin embargo, cuando dos de mis hombres llegaron al sitio con el pirata capturado (que llevaba unas 12 horas atado), mis secuestradores le permitieron abordar a su cómplice mientras que a mí, en cambio, me retuvieron. Así acabó el rol de mis marineros, quienes, por petición de la Armada estadounidense, se retiraron de la zona pues se rumoraba que una manada de piratas navegaba hacia la zona para reforzar a sus compadres.

El bote en el que me llevaron es incómodo y pequeño. Sin saber mucho qué hacer, y entre golpe y golpe que me asestaban, los cuatro somalíes vieron alejarse el Maersk hacia Mombasa, mientras que el barco destructor Brainbridge, de la Armada de Estados Unidos, llegó a escoltarnos.

Vinieron las negociaciones. Horas en las que iban y venían mensajes. Horas aburridas, donde la única alternativa era la paciencia. Hubo momentos en que los muchachos perdieron el pudor. Entonces me contaban sus historias, cuentos de secuestros pasados, de marineros asesinados, villas pobres en Somalia, en las que vivían. En otras ocasiones, sin embargo, eran menos amigables. Me golpearon, varias veces, y se cercioraron de que supiera que no les daba miedo matarme.

Tan seguro estaba yo que mi destino, tarde o temprano, sería morir, que no tuve de otra que escapar. Los oficiales del Brainbridge habían logrado convencer a los piratas de que permitieran remolcar el bote hacia la costa mientras se adelantaban las negociaciones. Con esta maniobra, los oficiales de la marina lograron acercar la distancia con nosotros —acción que les permitiría eventualmente eliminar a los secuestradores— y habían hecho que el destructor quedara a mi alcance.

Estaba equivocado. Una vez logré liberarme y lanzarme al agua, los piratas no escatimaron en disparos, hasta que desistí de la huida. No me hirieron, pero desde entonces se volvió inminente que con cualquier descuido me eliminarían. El trato con ellos se volvió más brusco, y para los francotiradores apostados en el Brainbridge también fue claro que tenía los momentos contados.

El rescate tomó un segundo: en un momento está anocheciendo y en la penumbra me habla uno de mis captores. Acto seguido, se derrumba como se derrumban los otros dos que están más lejos (el cuarto, que estaba herido, había negociado su entrega horas antes con los hombres del Brainbridge). Los tres murieron de un disparo respectivo, simultáneamente.

No me canso de repetirlo: los verdaderos héroes son los miembros del grupo de operaciones especiales de la Armada.

A mi regreso, el presidente Obama me recibió en su sala, en la Casa Blanca.

Hablamos de todo lo ocurrido y tuvimos incluso tiempo para cotejar nuestras discrepancias sobre los Boston Celtics y los Chicago Bulls. En el Senado de Estados Unidos participé en varias audiencias sobre seguridad y transporte, a petición del senador John Kerry. Con los congresistas hablamos de Somalia, de la poca esperanza que tiene esa gente y la necesidad de que la comunidad internacional entre a ayudarlos.

Ahora, a punto de cumplir 20 años de trabajo con Maersk, me debato entre el retiro y el regreso al oceáno. Entre tanto, escribo un libro sobre aquella semana de abril que saldrá al mercado en pocos meses.
Capitán del buque Maersk Alabama