domingo, 7 de febrero de 2010

EL CASO STEVE CHANEY

Un magnifico relato sobre un enfrentamiento real, ocurrido en el 1977 en L.A - U.S.A. Este articulo esta obtenido de la obra “Ayoob the files” de Massad Ayoob. Se analiza aspecto de los efectos tanto del consumo de las drogar como de la realidad de la parada de un disparo, como ejemplo de lo que ocurre en este hecho, cuando el delincuente agresor se encuentra bajo el efecto de las drogas incapaz de sentir ni hacer los efectos "supuesto" parada inmediata cuando se es alcanzado por un disparo. Es increíble aun haber sido recibido por 10 disparos no son capaces de incapacitarlo y neutralizarlo.
Erizo 403-3
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El 1 de agosto de 1977, en Los Ángeles, California, una patrulla formada por una policía en prácticas, Linda Alsobrook Lawrence y su Supervisor, el oficial Steve Chaney, comenzaban su rutina diaria en el distrito de Baton Rouge. Ambos agentes pertenecían al LAPD.


La primera llamada del día se refería a un posible intruso en los apartamentos de Broadmoor Plantation. Debían aparcar 5 calles más abajo y caminar hasta el lugar en que les esperaba la denunciante. Al llegar al apartamento, lo encontraron abierto. La cerradura estaba en buen estado, únicamente algunos arañazos en el pomo. Chaney estaba acostumbrado a entrar en casas en las que sus dueños sospechaban que habían entrado delincuentes.


No encontraron nada en las primeras habitaciones, hasta llegar a un dormitorio con la puerta cerrada. Chaney quitó el seguro de la funda del revólver y se preparó para entrar. Propinó una patada a la puerta y se encontró de frente a un individuo. Lo que no sabía era que se trataba de John James Mullery, de 42 años, y fichado múltiples veces por asalto, secuestro y agresiones sexuales. Chaney asumió que se encontraba ante un ladrón vulgar.


Se equivocaba. Mullery era el novio de la dueña del piso, y la estaba esperando para asesinarla. Además, para “prepararse” había consumido gran cantidad de cocaína, así como otras sustancias. Esto tendría una gran influencia en lo que sucedería después. Además, medía casi 2 metros y pesaba unos 100 kilos.


Mullery se lanzó sobre Chaney, intentando agarrarle, pero éste consiguió esquivarlo y mantenerse a distancia. Mullery comenzó a gritar como un histérico: ¡dispárame! ¡Acaba de una vez! ¡Dispárame!


“No estamos aquí para dispararle a nadie”, replicó el veterano agente, explicándole que únicamente iban a solucionar las cosas. La ira de Mullery desapareció como había surgido, y el policía pensó que las cosas iban por buen camino. Aseguró el revolver en la funda.


Pero de repente, con la rapidez de un relámpago, Mullery se lanzó sobre la cadera derecha del agente y agarró el revólver por la empuñadura. Chaney no pudo reaccionar lo suficientemente rápido y el arma ya estaba en la mano del agresor. Instintivamente, Chaney agarró el arma por el cilindro.


La lucha había comenzado con Mullery controlando la empuñadura y el disparador, y tratando de levantar el cañón hacia el policía, y Chaney atrapando el tambor para impedir que girara y pudiese disparar. Los dos policías habían hablado con anterioridad de la posibilidad de que se produjera esta situación, y habían convenido que ella se mantuviera atrás, y si Chaney no ganaba el control del arma, disparase sobre el sospechoso.


Así que Linda Lawrence, de 30 años, desenfundó el revólver de 4 pulgadas y apuntó al delincuente. Viendo que no iba a poder retener el arma, Chaney le gritó que disparara. La novata agente Steve levantó las manos quedando el brazo de Mullery delante de él, cuando Linda abrió fuego. El proyectil calibre .38 Special de punta semiblindada atravesó el antebrazo, arrancando prácticamente todos los músculos del mismo y salpicando a Chaney con “carne picada” y sangre.


Pero el simple dolor no siempre vence al efecto de los estupefacientes. La presión de la mano de Mullery no se aligeró ni un gramo. Peor aún, la sangre de la herida se estaba deslizando entre la mano de Chaney y el revólver, y finalmente el tambor giró, permitiendo a Mullery disparar 2 cartuchos. Chaney consiguió mantener el cañón lejos de su cuerpo, acabando los proyectiles en una pared cercana.


Agarrando el cañón con la mano izquierda, aplicó una “palanca” y consiguió arrebatar el arma al delincuente. Retrocedió un paso y adoptando una posición a 2 manos, disparó 2 proyectiles hacia el pecho del gigante, pero sin lograr efecto alguno.


En su lugar, se giró hacia Linda, golpeando con un revés de su mano el revólver de la agente. En lo que Chaney describió como un abrir y cerrar de ojos, Mullery se lanzó sobre la chica, le arrebató el revólver y disparó directamente al centro de su torso.


Chaney no podía disparar sin alcanzar a su compañera, así que se lanzó sobre el agresor. Una vez más, se encontraban en el cuerpo a cuerpo. Cada uno atrapó el arma del otro, tratando a la vez de acercar el cañón propio al cuerpo del contrario, y a la vez apartar el arma del adversario. El oficial insertó el dedo meñique detrás del disparador del arma de Mullery, bloqueando así el arma e impidiendo que se produjera el disparo. Mullery tenía una fuerza sobrehumana, pero el policía poseía la técnica.


Finalmente, logró arrebatar los dos revólveres de las manos del asesino, e hizo algo que puede parecer extraño, pero que se ha dado con relativa frecuencia en enfrentamientos armados: una técnica llamada “desdentar a la serpiente”, y que consiste en vaciar un arma cuando vemos que nos la van a quitar, y así evitar que la puedan emplear contra nosotros. De esta forma, Chaney disparó ambas armas hacia el suelo, dejando solo 1 cartucho en uno de los revólveres. Mientras tanto, Mullery le golpeaba en la espalda y la cabeza. Con la mano izquierda, trató de lanzar el revólver vacío por una ventana, pero un golpe de Mullery desvió su brazo y el arma rebotó en la pared, cayendo en el suelo de la habitación.


Al levantar el brazo para protegerse, la mano de Chaney quedó cerca de la cara de Mullery, que le mordió en un dedo. Bajo el efecto de las endorfinas, el policía no sintió el dolor, y en cambio aprovechó para pasar el revólver bajo la axila y pegar el cañón al torso de Mullery.


Alguien le había dicho que los proyectiles tienen un mayor poder de parada si impactan en hueso. Así que, dedujo que el agresor no había caído tras 2 impactos en el torso, porque no había tocado ningún hueso. De modo que presionó el cañón contra el costado del monstruo y buscó hasta encontrar una costilla, y disparó.


Mullery abrió la boca y gritó: ¡Ooooh, me diste bien esta vez!


Y entonces levantó en peso al agente y lo lanzó al otro lado de la habitación. Chaney cayó a unos 4 metros, chocando contra un mueble. Mullery había recibido ahora 4 impactos, 3 de ellos potencialmente fatales. Pero seguía en pie.


Como ocurre en muchos tiroteos, el agente había perdido la cuenta de los disparos efectuados. Con un gran esfuerzo, Chaney se levantó, adoptó una posición de tiro a dos manos, y apretó el gatillo. El arma hizo “clic”, el peor ruido que puedes oír en esa situación. Chaney apretó el gatillo del arma descargada varias veces, hasta que aceptó la terrible realidad.


Ahora había que intentar cualquier medida desesperada: el policía se lanzó sobre Mullery y comenzó a golpearle en la cabeza con el arma. Lo hizo varias veces, sin efecto. Únicamente quedaba una opción: intentar recargar.


Mullery continuaba avanzando por la habitación. Chaney se dirigió a una esquina y le dio la espalda, protegiendo el arma mientras trataba de introducir cartuchos en el cilindro del revólver.


En aquella época, el departamento de policía no entregaba como parte del equipo cargadores rápidos de revólver. Afortunadamente, Chaney había comprado uno, de su “bolsillo”, lo que agilizó el proceso de recarga del revólver.


Pero aquella no era una recarga como las realizadas en el campo de tiro, esta era una situación de emergencia real, por ello, no pudo evitarse la pérdida de habilidad digital y cognitiva. Mullery había conseguido una barra de hierro y le golpeaba con todas sus fuerzas en la espalda, causándole un dolor terrible.


Tras cerrar el cilindro, Chaney pasó el cañón del arma bajo la axila y disparó aún dando la espalda a su agresor -ésta técnica es entrenada por algunos Instructores españoles- viendo como el proyectil penetraba en el plexo solar del homicida, que retrocedió. Chaney se giró hacia él, lo cogió del pelo con la mano izquierda y levantó su cabeza, disparando un cartucho, aparentemente, a través de su cráneo. Al mirar hacia abajo, podía ver un enorme agujero en el cuero cabelludo.


Parecía que todo había acabado. Chaney se alejó hacia el otro lado de la habitación, y trató de respirar. Miró de reojo al hombre que había intentado matarle, y vio, con horror, que Mullery se estaba levantando de nuevo.


Sobreponiéndose al shock, Chaney apuntó con el revólver y disparó 2 veces más hacia el pecho, no consiguiendo efecto alguno. Otro disparo, fue efectuado hacia el abdomen, también sin efecto. Sólo quedaba un cartucho en el arma. Apuntó a la cintura y disparó, esta vez, “rompió” la pelvis. Mullery cayó finalmente.


Steve recargó con su último speed loador -cargador rápido de revólver- y se dirigió hacia su compañera, comprobando que yacía muerta. El proyectil la había alcanzado cerca del corazón. Mullery aún tardó unos segundos en morir, pero consiguió arrastrarse por el suelo en dirección hacia la puerta. Finalmente, la pérdida masiva de sangre le venció.


El gigante había recibido 10 impactos de calibre .38 Special semiblindado de 125 grains de peso:


Nº 1: antebrazo cerca de muñeca.


Nº 2 y nº 3: pecho.


Nº 4: lado izquierdo del tórax, distancia de contacto.


Nº 5: centro del pecho, cerca del diafragma, distancia de contacto.


Nº 6: parte superior de la cabeza, distancia de contacto.


Nº 7 y nº 8: pecho.


Nº 9: abdomen.


Nº 10: cadera derecha.


Las conclusiones del enfrentamiento, básicamente, son cuatro:


1.- A pesar de recibir 10 impactos, ninguno de ellos alcanzó órganos vitales. El impacto en la cabeza, debido al ángulo en que fue efectuado, no llegó a penetrar en la bóveda craneal, por lo que no fue efectivo. El resto de los proyectiles no alcanzó ni la médula espinal ni el corazón. El impacto más importante, en este caso, es el que alcanza la cadera, que compromete su movilidad. Algunos instructores como Fayrbain y S.P. Wenger aconsejan apuntar a la cadera como blanco primario, ya que impedirá al agresor avanzar hacia nosotros (esto es más importante en el caso de que nos ataquen con un arma blanca). El impacto nº 4, lejos de producir un daño mayor por el hecho de alcanzar un hueso, produjo el efecto contrario: el hueso de la costilla actuó como un escudo ante el fogonazo del disparo, que a esa distancia habría causado una gran herida estrellada.Este caso es un ejemplo de adversario al que no afectan causas psicológicas. Múltiples impactos, con destrozo de tejidos, no causaron efectos aparentes. Únicamente al alcanzar un punto concreto de su anatomía se produjo la incapacitación. Hemos de tener en cuenta la posibilidad de enfrentarnos a individuos drogados, excitados o enajenados que se comporten como Mullery.


2.- La munición empleada, semiblindada de 125 grains de peso, era, en esa época, una munición típica de uso en seguridad, considerada, por muchos, como de buena capacidad de transferencia de la energía en el instante del impacto.


3.- Ninguna munición es fiable al 100 por 100, a no ser que alcancemos puntos concretos del organismo. Como hemos visto en este ejemplo, cuando se “tocan” zonas concretas del organismo, es cuando se consigue el objetivo, detener la acción hostil. Es más, algunos autores, como el prestigioso Ayoob, afirman que un calibre más potente, como el .357 Magnum, .40 Smith and Wesson o el 10 mm Auto, hubieran penetrado en el cráneo en la herida nº 6 en vez de ser desviada por la bóveda craneal, o hubieran causado un mayor efecto en las heridas nº4 y nº 5.

4.- Linda, -la agente en prácticas que falleció- de haber llevado puesto un chaleco de protección balística, se hubiera, seguramente, salvado. En esa época, ni tan siquiera en los EE.UU era habitual el uso de chaleco balístico. En ese país, a día de hoy, es impensable salir de servicio sin él, y por suerte, quien sabe si por desgracia, también en España se están, cada día más, imponiendo tanto a nivel oficial como a nivel privado.
    Escrito por Pedro Pablo Domínguez Prieto.
    Publicado en TIRO POLICIAL-REACTIVO-DEFENSIVO
    por ERNESTO PÉREZ VERA