lunes, 22 de marzo de 2010

LA BATALLA DEL 4 DE ABRIL

GUERRA/LA BATALLA DEL 4 DE ABRIL

El relato inédito del día en que soldados españoles de la base de Nayaf mataron a más de 30 iraquíes que intentaban conquistar la plaza. Furgonetas con asaltantes quedaban desintegradas por el fuego artillero. En la batalla, contaron con la siniestra ayuda de mercenarios, que abatían ancianas como en un juego

CRONICA

21 de febrero de 2004, empieza a anochecer. El ejército norteamericano, a las órdenes del general Ricardo Sánchez, ha decido intervenir en Nayaf. Su misión: cerrar definitivamente las llamadas cortes Sharía, tribunales paralelos de justicia que actúan en la localidad aplicando la ley islámica. El despliegue de medios del que hace alarde el ejército estadounidense es impresionante. Encima de los todoterrenos Humvee, decenas de soldados comprueban sus armas, se ajustan los equipos y muestran de lejos el material con el que los militares españoles destinados en la base Al Andalus sólo pueden soñar. Hay tensión en el ambiente, pero sólo circulan rumores imprecisos sobre lo que va a suceder.

Entre las fuerzas presentes esa noche figuran efectivos de la policía iraquí, aunque todavía desconocen la misión que deben llevar a cabo. Para determinarlo, hay una reunión previa donde en un Estado Mayor improvisado se reúnen, entre otros, un mayor norteamericano, el general español Coll, el jefe de la policía iraquí y el responsable de los mercenarios civiles norteamericanos, conocidos por las siglas CPA (Coalition Provisional Authority, la autoridad provisional que gobierna Irak y para la que trabajan).En la reunión se explica en qué va a consistir la operación y que el peso de la misma será llevado por los iraquíes. El resultado es una total negativa por parte de la policía indígena a llevar a cabo la tarea que se les asigna. Al menos un 40% de ellos son simpatizantes del clérigo radical chií Muqtada al Sadr, y pesa en ellos también el temor a posibles represalias contra sus familias.

La situación se complica, pero el mayor americano ha venido con una misión y debe cumplirla. Tras una conversación con su jefe, el general Ricardo Sánchez, éste le pide que transmita al general Coll la orden de efectuar con sus tropas la operación. El español se pone en contacto con el Ministerio de Defensa en Madrid y es claro explicando lo ordenado. La pregunta del ministro también es precisa: ¿podemos tener bajas? La respuesta, evidente: en una acción de combate siempre se pueden tener bajas. Desde España se niega tajantemente la intervención, ningún soldado español puede caer. A escasos días de unas elecciones (señaladas para el 14 de marzo), es de todo punto contraproducente correr ese riesgo. La decisión, como no puede ser de otro modo, dista de complacer al general americano, que pese a todos los preparativos decide retirar de la zona a sus contingentes y abortar la misión.

Los miembros españoles de la Brigada Multinacional Plus Ultra II, o BMNPU II, se refieren a sí mismos, jugando con estas siglas, con el mote irónico de «la Winnie the Pooh II», porque saben dónde están los malos, quiénes son, cuáles son sus movimientos, pero nada hacen, en sintonía con el inocente osito de los dibujos animados.

La forma de actuar española, el no involucrarse en el conflicto, crispa a los estadounidenses, que diariamente tienen bajas por acción de combate en la posguerra. La respuesta no se hace esperar: en la madrugada del día 2 de abril, un grupo de asalto americano secuestra a Yacubi, el lugarteniente de Muqtada al Sadr acusado del asesinato del líder moderado chií Al Khoei meses atrás. Según algunos testimonios, los integrantes del grupo hablan en castellano y portan uniformes españoles, y los propios americanos difundirán extraoficialmente que el carácter de esta operación es español. De nada sirven los desmentidos que realizan ante las cámaras de la televisión los jefes de la Plus Ultra. La población está indignada y empieza a movilizarse contra lo sucedido. La situación se complica en las poblaciones de Nayaf y la vecina Kufa. Los seguidores del líder radical chií Muqtada al Sadr, conocidos como el ejército del Mahdi, empiezan a hostigar continuamente a las fuerzas de la coalición. A partir de ahora, las emboscadas, los atentados y los ataques con mortero serán el pan cotidiano.
De golpe, Nayaf es un avispero.

En la mañana del 4 de abril, el ambiente que se respira en las calles es de tensa calma, las miradas que reciben los soldados de las patrullas y los convoyes españoles ya no son las mismas y abundan los gestos despectivos. Carteles a favor del clérigo chií se enseñan con energía cuando pasan las fuerzas españolas, incluso hay población que les lanza piedras. Esa mañana, en la puerta principal del destacamento, hay unos 40 policías iraquíes. Tumbados o sentados a la sombra, charlan esperando acontecimientos.

Son las 11:50 cuando empiezan a oírse los primeros disparos. Nada extraordinario ni escandaloso (no es raro oír disparos en Nayaf), por lo que nadie se alarma. Al parecer, ya ha empezado la manifestación convocada por los líderes chiíes para protestar contra el secuestro de Yacubi. Un soldado español, que apostado sobre un BMR (Blindado Medio sobre Ruedas) vigila en dirección este, avista a un grupo de iraquíes que se acercan corriendo en masa, entre ellos, algunos con uniformes. Los militares españoles montan sus fusiles y a gritos les mandan que se tumben en el suelo. En el BMR, la tripulación está preparada para hacer fuego, pero el grupo de iraquíes ha cumplido las órdenes y ya están tendidos cuerpo a tierra. Sin abandonar esa posición, uno de ellos enseña una tarjeta que tiene colgada en el cuello, y proclama insistentemente y con la cara desencajada que él es intérprete del contingente español. El miedo se huele en el grupo de iraquíes, que parecen cada vez más apiñados. En pocos segundos todo está aclarado: al comenzar el tiroteo, los policías iraquíes, que iban a intervenir como antidisturbios, han decidido cubrirse de las balas dentro del recinto. Los acontecimientos han tomado de pronto un rumbo muy distinto: ya no son tiros aislados y todo se hace más complejo por segundos. Se empieza a hacer fuego desde las primeras posiciones españolas: las garitas y puestos fijos, además de los cuatro blindados que dan seguridad permanente a la base. Lo que está sucediendo sólo tiene una interpretación: las milicias del Mahdi están asaltando Al Andalus.

La situación es delicada. De los cuatro BMR que están desplegados sólo a uno le funciona la ametralladora pesada de 12,70 mm; los demás blindados hacen fuego con ametralladoras medias y fusilería.Pero disparar de este modo lleva consigo el riesgo de tener que asomarse para hacerlo y el evidente peligro de un balazo.

En las azoteas emergen los tiradores selectos del contingente español, que con sus fusiles de precisión empiezan a hacer fuego efectivo aunque escaso contra los atacantes. En seguida se ordena a dos VEC (siglas de Vehículo de Exploración de Caballería, blindados artillados con un cañón Bushmaster de 25 mm) que refuercen la puerta principal, la que está siendo primordialmente atacada. Cuando los VEC salen a escena, parece que hay un punto de inflexión donde todos quedan a la expectativa. La fisonomía del blindado de estas características impone.

FURGONETA REVENTADA

Los blindados realizan los primeros disparos, al principio con la ametralladora coaxial que equipa al vehículo además del cañón.No se tarda en observar cómo una furgoneta blanca se acerca a gran velocidad hacia el destacamento. Reduce la marcha y de ella salen varios iraquíes que como kamikazes disparan sus fusiles, algunos se esconden detrás del vehículo, protegiéndose. Uno de los VEC abre fuego contra la furgoneta: tres, cuatro disparos con el cañón de 25 mm y el objetivo explosiona literalmente.La visión de la furgoneta reventando por los aires, el sonido seco y contundente que producen los VEC al hacer fuego, provoca que por un segundo toda la atención se centre en aquel incidente.El resultado es demoledor y un estallido de ánimo parece recorrer todo el destacamento. La eficacia del cañón de 25 mm es apabullante. El combate sigue mientras la furgoneta continúa ardiendo. Los atacantes han desaparecido, todos deben de haber sido bajas.

Ante el poderío de los blindados, la radio se hace un sonajero asignándoles objetivos: puntos desde donde el enemigo está hostigando a unas tropas españolas que con sus medios son incapaces de erradicar la amenaza. Pronto comienzan a localizarlos. Desde la cabina de un camión están haciendo fuego rabioso. El VEC es preciso, sólo tiene que hacer tres disparos, todos entran por la ventanilla del conductor, terminando aparentemente con la vida de los ocupantes.Ya no saldrá ningún disparo desde esa posición.

La adrenalina recorre el cuerpo de los españoles. El enemigo carece de una instrucción militar adecuada (son chiíes, que casi no tenían acceso al ejército de Sadam Hussein, mayoritariamente compuesto por sunníes). Los milicianos corren al asalto hacia el objetivo, sin protección, sólo hay que hacer tiro al pato.De pronto, un proyectil de un lanzagranadas RPG pasa cerca de uno de los VEC y la euforia se congela. Se intenta localizar la salida del fuego y en eso llegan otros cuatro o cinco proyectiles.Es pronto para cantar victoria: aun temerarios y torpes, los de enfrente pueden hacer daño.

Los blindados siguen recibiendo de los observadores de infantería indicaciones para batir nuevos objetivos. En un edificio situado justo enfrente se ha visto como desde una ventana les están disparando.Varias ráfagas largas de cañón perforan la fachada del edificio y hacen cesar instantáneamente el fuego desde ese punto. Entre tanto vuelven a caer más granadas de RPG, pero esta vez el origen de la salida del fuego se ha localizado y se dispara contra él con prontitud, sin escatimar municiones. Simultáneamente, otro grupo de iraquíes carga hacia el destacamento. No son muchos, apenas diez hombres contra la inmensidad, un verdadero suicidio.Aprovechan una furgoneta para cubrirse, pero uno de los VEC fija el blanco y dispara. La escena de la furgoneta desintegrándose al contacto de la munición que escupe el blindado español se repite.

Tras este último episodio, la intensidad de los combates mengua. La violencia del fuego que hacen los VEC está ocasionando graves daños al enemigo. Tampoco desde las azoteas de la base se ha dejado de disparar. Los tiradores españoles anotan a voces cada blanco, compartiendo con los compañeros el júbilo de enfrentarse a un atacante menos. Desde una de las terrazas, unos guacamayos (apodo por el que se conoce a los soldados salvadoreños integrados junto a los españoles en la Plus Ultra), disparan furiosamente la cerda (sobrenombre de la ametralladora norteamericana M-60 por la suciedad que produce) mientras gritan toda clase de improperios contra los asaltantes.

Ya son más de dos horas luchando. Por la radio, el general Coll ordena que se haga un uso racionado de la munición, cabe la posibilidad de quedar aislado por el enemigo. Aquellas palabras no tranquilizan los ánimos de los soldados. Pero pronto todo cambia: en el cielo aparecen un par de helicópteros de ataque Apache que comienzan a batir zonas y a sobrevolar Nayaf. Su fuego es endiablado y se centra en una casa que llega a ser destruida por completo, hasta desplomarse. La visión de aquella fuerza es una inyección de moral para los defensores y a partir de ahí la acometividad de los atacantes se reduce a la mínima expresión. Apenas se oyen ráfagas cortas aisladas. Aterrizan en la base tres helicópteros de transporte Black Hawk, de los que desembarcan 30 rangers americanos.También llegan tres helicópteros Defender, pintados de un significativo color negro, con mercenarios de la autoridad iraquí. Éstos, sin someterse a más disciplina que la suya propia, toman posiciones y empiezan a hacer fuego indiscriminadamente, causando escenas harto desagradables. Es gente que se dedica con toda frialdad a matar civiles, perros, ganado, o cualquier cosa que se mueva.Pronto llegan otra vez los tres Black Hawk con más rangers.

En cierto momento, poco después, los soldados españoles observan, atónitos, cómo una sección de salvadoreños avanza en perfecto orden hacia la puerta principal de la base Al Andalus. Actúan por su cuenta, como cada uno de los otros tres contingentes (españoles, militares americanos y mercenarios) presentes en la base. Las fuerzas de la coalición dejan entonces de disparar, porque de seguir haciéndolo se exponen a hacer bajas entre los salvadoreños.Éstos progresan en riguroso orden de combate, en un impecable despliegue de infantería más propio de la Primera Guerra Mundial que del siglo XXI. Casi todos son soldados experimentados con un largo historial bélico en su país y lo demuestran con sus movimientos. Los rebeldes del Mahdi disparan contra ellos aprovechando el alto el fuego de las fuerzas de la coalición.

UNA BAJA SALVADOREÑA

La pasmosa acción de los salvadoreños tiene un motivo bien concreto.En la cárcel del ICDC (Iraqi Civilian Defense Corps) ha quedado aislada una sección de compatriotas suyos, y a pecho descubierto han salido para socorrerlos. Ante los hechos consumados que plantea la acción de los centroamericanos, el mando español ordena salir a los cuatro BMR que cubrían el perímetro, con la misión de rescatar a todos los hombres que están destacados en la cárcel y regresar con ellos a la base Al Andalus.

Sólo uno de los BMR puede usar la ametralladora del 12,70, por lo que asomando la cabeza por el blindado se dispara en todas las direcciones donde se prevé o se localiza fuego enemigo. Los blindados contactan en las calles de la ciudad con la sección salvadoreña, que está en verdaderas dificultades y ha llegado a combatir cuerpo a cuerpo. Corriendo un riesgo extremo, los BMR consiguen llegar hasta la cárcel y coger un primer viaje de soldados centroamericanos.

Tienen dos heridos y una baja mortal. Se recoge a los dos heridos y al muerto, el soldado Natividad, se le deja para el siguiente viaje custodiado por sus compañeros. Al parecer el salvadoreño ha muerto al encasquillársele el arma cuando llegaba al cuerpo a cuerpo con las milicias del Mahdi (los centroamericanos no tenían bayonetas para sus fusiles M-16, días después se les darían).Ya de vuelta, los blindados se topan de nuevo con la sección salvadoreña, que sigue resistiendo ataques continuos. Los BMR todavía dan un viaje más y regresan a por los hombres que quedan.El resto de los salvadoreños vuelve a la base en los blindados españoles. El soldado Natividad será la única baja durante los combates. Aquellos soldados han demostrado valor y carisma. Muchos de los militares españoles dejan en ese acto de llamarlos guacamayos.

Más tarde, llegarán dos Humvee americanos con el equipo ANGLICO (los marines que asignan objetivos a la aviación), un camión repleto de munición y un refuerzo de blindados españoles procedente de Diwaniya. Con mayor o menor intensidad, la agresión se mantendrá toda la jornada. Los soldados españoles no comen, han de orinar dentro de los vehículos utilizando botellas y a la vez se obligan a beber agua con regularidad para no deshidratarse. A las 17:00 se produce el relevo de las posiciones. La gente baja de los blindados y repone munición en plan «sírvase usted mismo».

Todavía nadie se cree lo que ha ocurrido, y en todos anida el presentimiento de que las dificultades no han hecho más que empezar.Las perspectivas que se abren después de un enfrentamiento armado de esta violencia y esta magnitud son bastante negras. Los hechos que acaban de vivir han dado un giro radical al comportamiento español y al desarrollo de los acontecimientos vividos en los meses precedentes, durante los que se mantuvo una postura permanentemente contemporizadora. Se es consciente de que hay un antes y un después de esos hechos.

Una mezcla confusa de sensaciones envuelve a los militares que han participado en el combate: emoción, tensión, nerviosismo, orgullo por haber estado ahí, «satisfacción del deber cumplido hasta las últimas consecuencias», una plácida sensación de seguridad al sentirse vivo y rodeado de su gente; incluso, resulta inevitable, una sensación de superioridad ante un enemigo mal instruido e incapaz de hacer blanco. Los soldados tienen ganas de abrazarse los unos a los otros, y algunos lo hacen. También tienen calor, apetito, sed, cansancio, todos empiezan a ser verdaderamente conscientes del peligro que se ha pasado y del que se avecina.Pero sobre todo, según reconocerán algunos de los protagonistas, se siente una alegría extraña e indescriptible por haber entrado en combate, una suerte de excitación al haber traspasado la barrera del fuego de instrucción y haberlo convertido en fuego letal.

Un sentimiento sólo comprensible desde la perspectiva del militar profesional que siente ejercer una profesión después de haber estado preparándose para ello toda la vida, en maniobras y ejercicios que nunca iban en serio. Sus conocimientos, su adiestramiento, se han hecho necesarios, y no porque ellos lo hayan querido, pero han sabido estar ahí.

Grupos de iraquíes recogen a las víctimas, en medio de un silencio que sólo ocasionalmente se ve interrumpido por algún disparo.Se vuelve a ver gente por las calles y comienza de nuevo el tráfico.Resulta increíble volver a tener la sensación de que aquí no ha pasado nada: los coches pasan al lado de la furgoneta quemada, donde se ven los restos de un hombre totalmente calcinados. Uno de los mercenarios dispara contra una ambulancia que intenta recoger a los caídos en el combate. Luego se sienta un rato a leer, y cuando se aburre se pone en pie y busca otro blanco.De un solo tiro abate a una ninja (apelativo que se da a las mujeres de edad iraquíes, por sus vestiduras negras).

Después de reponer fuerzas y descansar, hay miembros del contingente español, sobre todo de tropa, que hablan con los mercenarios de la CPA. Estos individuos peculiares, que despiertan repugnancia y curiosidad a la vez, les cuentan cosas maravillosas: que ganan casi 25 millones de pesetas al año, que tienen licencia para matar, que su periodo de instrucción no es muy duro, etcétera.Hay quien pregunta cómo apuntarse, y los mercenarios responden que todo es tan sencillo como una página Web. Hay muchos hispanos entre ellos y la conversación es fluida. Enseñan sus armas, que son manoseadas y escrutadas con envidia por los españoles. Cada uno tiene la que más le gusta, ellos mismos se las compran. Alguno de los soldados españoles más irreflexivos, al volver de la misión, se planteará dejar el ejército para enrolarse en estas unidades de acaudalados mercenarios.

El resultado final de los combates es difícil de cuantificar con precisión: según los cálculos de los españoles, basados en las bajas que han podido confirmar visualmente desde sus posiciones, han sido 35 muertos y más de 300 heridos iraquíes. Pero para Nayaf la batalla del 4 de abril no ha terminado. Por la noche, los norteamericanos envían a castigar la ciudad dos cazabombarderos F-18, dos F-14 y un avión cañonero AC-130. Al día siguiente, el martilleo aéreo es aún más intenso y la cifra de muertos parece superar los 200.

A partir de este punto comienza la nueva y penosa rutina de la base Al Andalus (y de toda la Brigada Plus Ultra II). La semana será larga, diariamente habrá que estar en posición durante 12 horas, tres cada tres, recibiendo fuego y disparando cuando se localiza el origen de éste. Las otras 12 horas, repartidas de tres en tres, será el tiempo para descansar, desayunar, comer, cenar, llamar por teléfono, asearse... Además, las tripulaciones de los blindados deben, de las horas de descanso, sacar tiempo para las escoltas a la base Tegucigalpa, en las que sufren emboscadas con fusilería y armas contracarro. El martes 6, dos Humvee norteamericanos son atacados el mismo lugar donde los españoles han sido hostilizados el día anterior, con resultado de cuatro soldados estadounidenses muertos.

Al día siguiente, los españoles deben repetir la escolta por el mismo lugar, el paso es obligado, y el nerviosismo después de lo ocurrido la víspera puede imaginarse. Los blindados salen con la mejor preparación posible. Todo en la calle parece normal, gente, tráfico, etcétera. Pero los españoles se acostumbrarán a ir con mil ojos, atentos a cualquier vehículo aparcado y que pueda resultar ser un coche-bomba, cerrando espacios entre blindados, atendiendo a las azoteas, disparando con las ametralladoras al aire para reconocer los cruces por el fuego. El resultado de tal método es turbador: todo el mundo por la calle corre, se tira al suelo, los vehículos se quitan de en medio para dejar paso franco al convoy.

Nada grave sucederá. Pero desde entonces, hasta su retirada por decisión del nuevo gobierno, los militares españoles de la Brigada Plus Ultra, ya nunca más conocida como la Winnie the Pooh, habrán de hacerse a vivir en alerta continua y peligro inminente.

Aquel 4 de abril supimos que los terroristas del 11-M que se inmolaron el día antes en Leganés preparaban nuevos atentados suicidas y que Al Qaeda advertía en la red que convertiría España en un infierno. El 18 de abril, Zapatero ordenó la retirada de las tropas. El último contingente abandonó Irak el 21 de mayo.

Suplemento de EL MUNDO