domingo, 25 de julio de 2010

LA REFORMULACIÓN POSITIVA DE SITUACIONES TÁCTICAS

El siguiente articulo esta escrito por un profesional y estudioso de la seguridad, un instrutor policial y un buen amigo mio.

Espero que sea también de vuestro agrado a mi personalmente me ha gustado mucho.
Erizo 403-3
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LA REFORMULACIÓN POSITIVA DE SITUACIONES TÁCTICAS

¿Cuántas veces sucede en un trabajo de seguridad que una intervención en principio rutinaria da un giro inesperado y pasa a convertirse en una situación peligrosa, incluso desesperada? Ertzainas que acuden a un supuesto accidente y son tiroteados por un comando terrorista, policías locales muertos cuando intentaban ayudar al conductor de un vehículo averiado en la calzada, el triste recuerdo de la patrulla de la Guardia Civil acribillada por El Solitario cuando le hacían señas para que se detuviera por una presunta infracción de tráfico… y así podríamos enumerar cientos de situaciones, de gravedad diversa en cuanto a sus resultados. 

En todas, no obstante, interviene una misma variable: la imposibilidad de anticipar el giro nefasto de los acontecimientos. La pregunta entonces es: ¿puede de alguna forma el profesional de la seguridad realizar esa previsión de manera que le permita salir indemne de un ataque inesperado a su integridad o a la de otros? Y si ello fuera posible, ¿cómo?.    
A los estudiosos de las materias de seguridad nos corresponde en estos casos realizar un esfuerzo para hallar alguna suerte de remedio, una solución básica, un método primario que dé a otras bases suficientes para desarrollar en la práctica las reflexiones científicas que modestamente podamos aportar.

El meollo de este artículo está poco presente en los escasos tratados sobre intervención policial accesibles al agente de seguridad de base, ya pertenezca a los cuerpos públicos o a la seguridad privada. Muchos instructores imparten enseñanzas utilísimas sobre métodos de intervención, acercamiento a sospechosos, identificaciones… En todos estos cursos se parte del hecho de que la situación de conflicto ha sido ya generada y entonces procede la aplicación de la técnica aprendida.

Pocos o ninguno son los profesionales que parten de una situación sin riesgo que evolucione desfavorablemente sin que haya causa aparente. Es muy difícil recrear una situación así en un curso. Y lo es porque en la producción de estos entornos juega un papel importante la psicología de la intervención. Por decirlo de forma sencilla, es impensable que un alumno acuda a un curso de cualquiera de estas materias pensando que no va a tener que practicar lo aprendido. Igual de impensable es para un policía de tráfico que le pueda tirotear el conductor de un turismo averiado en una vía de circulación. Por lo tanto, en el curso el alumno está activado y en su trabajo diario no, no al menos de forma permanente y no con el mismo nivel de alerta para todas y cada una de las llamadas que debe atender. 
No sería posible, podríamos decir incluso que consideraríamos su conducta patológica si le viéramos adoptar medidas de alto riesgo ante situaciones sencillas. Por tanto, la cuestión es otra: ¿cómo podemos hacer para asumir el cambio de situación y gestionarlo con éxito? Hagamos, antes de contestar a la pregunta, un inciso para explicar dos conceptos: el de técnica y el de táctica, que a veces son confundidos. 

Someramente diremos que la técnica nos aporta unas herramientas, unas destrezas con las que solventar una determinada situación. La táctica nos habla de la oportunidad de su empleo según los factores que intervienen. Ejemplo: puedo conocer técnicamente las destrezas del tiro defensivo pero, por bueno que sea disparando, ¿abriría fuego en el aula de una guardería? Evidentemente, esa decisión es una cuestión táctica, de oportunidad, que dependerá de si el aula está llena o vacía, del riesgo que trate de evitar y de otras muchas condiciones.

Una sólida formación técnica y una buena disposición táctica son dos elementos a nuestro favor si un acontecimiento se tuerce de la forma que estamos analizando. Porque reaccionaremos con mayor rapidez y efectividad. A mayor entrenamiento, mayores opciones de éxito.
Otra idea útil la hemos adelantado ya más arriba: el nivel de activación del profesional que interviene. Los instructores norteamericanos del FBI fueron los primeros en adoptar policialmente la escala cromática en la activación de un agente: VERDE - Amarillo - Rojo - Negro.

El nivel verde supone la no activación, el relajo total en las funciones de trabajo policial. El agente está fuera del entorno laboral, en su casa, de vacaciones… No existe peligro ni remoto relacionado con su cargo o profesión.

El nivel amarillo es el punto de activación necesario cuando el agente de seguridad se halla de servicio. No teme que haya una situación peligrosa, pues no se dan las condiciones para ello, pero se halla mínimamente alertado, es consciente de que algo puede suceder.

El nivel rojo, se produce la respuesta a una situación que se viene encima. El agente comienza a aplicar sus conocimientos técnicos, se hace totalmente operativo. Finalmente.

El estado negro supone una evaluación de lo actuado, las consecuencias de las acciones propias y ajenas para corregir fallos y ampliar su cultura de seguridad. Esta fase retroalimenta y condiciona la respuesta futura.
Hasta aquí ya hemos casi desarrollado el método para enfrentarnos a un cambio drástico y perverso en una situación en principio inocua. Buena formación técnica que nos proporcione rapidez y seguridad en la respuesta y estado de activación mínimo necesario que aloje en nuestro cerebro la posibilidad, aunque sea remota, de sufrir un percance. 

Pero aún falta algo: el manejo de la variación en la situación táctica, el núcleo precisamente de nuestro artículo. Es lo que llamo en el título del artículo la reformulación positiva de la situación táctica. Esto significa que, así como el entorno ha variado, debe hacerlo también el agente que la gestiona para aportar soluciones a ese cambio, soluciones ventajosas, claro está. De ahí el calificativo de positiva. Hay que controlar este nuevo escenario igual que se tenía controlado el anterior. Evidentemente, esto exige una agilidad en el manejo de nuestro pensamiento táctico.

La secuencia es la siguiente:

Fase 1. Visualización del nuevo escenario.
Es una pura percepción visual que se contrapone y compara con nuestra imagen mental. Vemos pero no sabemos aún qué sucede ni por qué.

Fase 2. Análisis.
Nuestro cerebro se pregunta qué está sucediendo, por qué. En este breve periodo comienza a buscar en su archivo de datos sobre situaciones similares una solución efectiva.

Fase 3. Toma de decisiones.
En esta fase el agente debe tomar, en segundos, múltiples decisiones que afectan a aspectos técnicos, tácticos y de seguridad. Ha de elegir un método de defensa, decidir si corre o permanece estático, si dispara o no...

Fase 4. Ejecución.
El agente comienza a aplicar las soluciones aprendidas en su periodo de formación.

De cómo haga todo esto depende a veces la propia supervivencia. Pensemos para ilustrar este extremo en la respuesta de muchos conductores mal informados ante un accidente de tráfico, ¿qué hacen? Generalmente detener el vehículo e ir corriendo a prestar auxilio al accidentado. Al hacerlo, este admirable ciudadano sacrifica su propia seguridad en aras de la rapidez. Es una decisión incorrecta en términos tácticos. Mucho riesgo a cambio de poco beneficio (el tiempo ganado se pierde luego esperando a las asistencias médicas).

Además, en la toma de la decisión va a influir también algo importante como es la noción de situación cerrada o situación abierta. Situación cerrada es aquella que no cambia y cuya respuesta no está sujeta a variables. La situación abierta, por contra, es la que evoluciona constantemente. Ejemplo de la primera es la realización de tiro de precisión contra un blanco inmóvil. De la segunda, un enfrentamiento real ante un enemigo armado. Por lo general el agente de seguridad enfrenta situaciones en las que la amplitud de su conocimiento y la versatilidad de sus técnicas son importantísimas.

En los cursos que impartimos en nuestro centro de formación, sobre todo en los dirigidos a profesionales con cierta carga de riesgo en sus funciones, obligo a los alumnos a realizar en el aula ejercicios de previsualización de situaciones de riesgo. Exactamente igual que lo hace un piloto de carreras o un gimnasta, él o ella, en un ambiente relajado, debe concentrarse en concebir una situación altamente conflictiva y resolverla mentalmente. No pueden escribir, tomar notas o preguntar, sólo cerrar los ojos e imaginar. Atentados, secuestros, palizas… los fantasmas que todo profesional quiere alejar de su mente acuden ahora a ella y los alumnos, solos, deben enfrentarlos, gestionar los entornos violentos imaginarios por sí mismos. Con esta técnica persigo un objetivo: que sus cerebros construyan soluciones a estos incidentes para que cuando les ocurran, y ojalá que no sea nunca, sólo tengan que rescatar dichas soluciones y las pongan rápidamente en ejecución. 

 
Si jamás pensamos que algo nos puede pasar, el día que ocurra tendremos que comenzar por la secuencia expuesta anteriormente: ver-analizar-decidir-ejecutar. Por supuesto, el ejercicio finaliza con el análisis de sus respuestas y las oportunas correcciones por parte del instructor.

Este es el último eslabón de la cadena: el manejo mental de la situación táctica antes de que se produzca. Si nuestro cerebro conoce la solución, la respuesta se automatiza. Es asombroso lo rápido que el ser humano aprende. Hay que aprovecharlo generando sinergias de aprendizaje y reformulación continua de cualquier tipo de incidentes. Y otra cosa. La aplicación del pensamiento científico está generalizada en multitud de ámbitos profesionales, desde las ventas hasta la toma de decisiones al más alto nivel empresarial. Es hora de que los hombres y las mujeres de seguridad comencemos también a hacerlo. 

Lo que tenemos entre manos es lo más importante que existe, es nuestra vida.
Cesar Charro
Instructor del Personal de Seguridad y Gerente de G.E.S