domingo, 31 de octubre de 2010

El combate que empezó en Malvinas y terminó en Londres

Hace veinte años, durante un combate en la Isla Gran Malvina, el entonces teniente primero José Martiniano Duarte mató a John Hamilton, un capitán de las fuerzas especiales británicas. En abril del año pasado, la viuda de Hamilton quiso conocer a Duarte para decirle que, gracias al testimonio que dio sobre la bravura de su enemigo, la valentía de su esposo no había sido olvidada. Ambos se reunieron en la agregaduría militar argentina en Londres. "Usted no es un asesino —dijo Vicky Hamilton a Duarte— Estaba luchando por su país." Duarte le dijo entonces que el destino pudo ser diferente: "El muerto pude haber sido yo. Si hubiera sido así, un oficial británico estaría hoy hablando con mi mujer."

Las huellas que deja esa extraña miseria humana que es la guerra tardan en cerrar. Las que cierran. El primer paso de esta historia se dio el 10 de junio de 1982, en Puerto Yapeyú, Isla Gran Malvina. Los ingleses llaman a ese lugar Puerto Howard. Pero en aquellos días el Regimiento de Infantería 5 de Corrientes lo habían rebautizado como Puerto Yapeyú porque custodiaban la casa natal de San Martín. Allí actuaba un grupo comando de la Compañía 601 al mando del hoy general de división Mario Castagneto. A las 11 de la mañana de aquel 10 de junio, el teniente primero Duarte y tres suboficiales, que buscaban un sitio para vigilar a las tropas inglesas de San Carlos, oyeron voces. Duarte, hoy coronel, recuerda:

—Pensé que podían ser kelpers. O gente nuestra, otra patrulla, O el enemigo. Uno de los sargentos que venía conmigo, Eusebio Moreno, quiso tirar una granada. Le dije que esperara. En eso veo que avanza un soldado, morocho, de bigotes, con un pasamontañas. Le grité entonces que alzara las manos. Por las dudas lo grité en inglés también: "Hands up" El tipo pegó un salto al costado con los ojos así de grandes. Ahí le vi el uniforme. Me tiró con su M 16 y las balas pegaron frente a mi cara, en la piedra detrás de la que estaba a cubierta: se me llenaron los ojos de tierra.

Minutos después, el fuego de Duarte alcanzó a uno de los británicos. El otro se rindió enseguida. Era el cabo primero Roy Fonseca que pasó a ser prisionero de las fuerzas argentinas. Ya de regreso en Puerto Yapeyú, Duarte envió a uno de sus oficiales a recoger a quien, sabía por Fonseca, era el capitán John Hamilton, de las fuerzas especiales inglesas (SAS).

—Lo velamos en el regimiento que entonces comandaba el coronel Mabragaña, y lo enterramos con honores militares. Había muerto protegiendo a su compañero, lo que me hizo respetarlo como soldado. Yo sé que estas cosas a veces no se entienden muy bien pero, en la desgracia enorme que es una guerra, estas actitudes tal vez la humanicen un poco. Pero tres días después, los prisioneros éramos nosotros. Le comenté entonces a un coronel inglés que habíamos enterrado a Hamilton y le di sus placas identificatorias. Le dije que había combatido con mucho valor y que me gustaría quedarme de recuerdo con el cubrecabeza de Hamilton. El coronel se emocionó y es él quien hace el informe en el que cita lo que yo le dije.

Las palabras de Duarte hicieron que el gobierno británico condecorara a Hamilton. Su viuda recibió la distinción de manos de la reina. Y veinte años después de Malvinas, creyó que era el momento de conocer al hombre que había matado en combate a su esposo. El pasado 9 de abril, Duarte y Vicky Hamilton se encontraron en la Embajada Argentina en Londres.

—Yo estaba un poco nervioso porque no es algo muy común, como se imaginará. Pero se ve que la mujer quería conocerme porque fue lo primero que me dijo: "Quería conocerlo y agradecerle, porque gracias a su gestión la valentía de mi esposo fue reconocida" Para ellos no es poca cosa que un enemigo exprese su reconocimiento a la bravura de un soldado. Y me contó que la reina le dijo que sabía de esa valentía, lo que para ella era muy importante. Es una mujer muy aplomada, me dio la impresión de que tiene una calidad y una calidez humana muy grande. Mire, yo viajé para encontrarme con esta mujer por la gestión de un diario británico. Y cuando el periodista inglés le habló a ella de "su héroe", en referencia al marido, esta mujer lo frenó y le dijo: "Un momento: también él es un héroe."

Para mí, ese encuentro con la viuda del capitán Hamilton cerró un círculo. Tuvo mucho más de sentimental que de racional. Con los años, de todo ese muestrario de miserias que es una guerra, a sus hijos, a los míos, lo único que les va a quedar es eso: las buenas acciones, los buenos sentimientos. Malvinas fue una guerra en la que uno le vio la cara al enemigo. Y cuando el enemigo muere, siempre queda una herida. No es que uno se sienta responsable por el adversario, pero siempre hay algo que no es natural en la muerte de una persona, en matar a una persona. No sé si se puede decir "matamos a una persona". Combatimos, y uno de los dos murió. Pude ser yo.