miércoles, 8 de diciembre de 2010

EL MODELO PRUSIANO

Este excelente artículo sobre la evolución de las tácticas y metologias de la guerras de primera mitad de siglo XX. Analizado por el autor Chileno Don Gonzalo Rosas Berardi hacia la fuerza armadas de su país Chile. Cuya obra me ha gustado mucho , así pues comparto con ustedes y espero que os guste tanto como a mi.
Erizo 403-3


EL MODELO PRUSIANO
Sus Verdades y Supuestos.

El arribo de la primera misión de asistencia militar prusiana a nuestro país durante el gobierno de Don Federico Santa María, bajo la dirección del prestigioso capitán Emilio Korner, marcó el comienzo de una era de fuerte influencia germana en nuestras Fuerzas Armadas, influencia que hasta el día de hoy mantiene un halo de supuestos patrones de eficiencia cuyos criterios de veracidad son Históricamente discutibles. 
Este artículo pretende analizar varios aspectos del modelo militar prusiano y su proyección histórica en las Fuerzas del Segundo y Tercer Reich Pangermanos, desarrollando una visión crítica de sus variables más relevantes, a fin de determinar sus reales bondades y el influjo de éstas en las Fuerzas Armadas de nuestro país.
  
La tradición militar prusiana nace con la consolidación del principado de Brandeburgo al este del Santo Imperio Romano Germánico, cuando de los humeantes restos de los ejércitos de Wallenstein, la casa Hohenzollern consigue fundar las bases de su dinastía sobre el novel reino de Prusia. En un reino nacido de luchas dinásticas y religiosas, y bajo la constante amenaza de los pueblos semifeudales de Europa oriental o de la insaciable sed hegemónica de la casa de Austria, la necesidad de un Ejército eficiente y  disciplinado constituía un imperativo de supervivencia.

En este contexto Federico Primero, rey de Prusia, organizó una fuerza militar de soberbia disciplina aunque de escaso tamaño. El rey sargento, como fue bautizado en las cortes de Europa, pasó largas horas entrenando a sus tropas, constituidas en su mayoría por siervos ignorantes y elementos poco productivos de las incipientes ciudades del reino. La evolución de los ejércitos europeos desde la guerra de los 30 años había desplazado en gran medida los ejércitos mercenarios manejados por Condotieros para dar paso a los primeros ejércitos nacionales de los cuales Gustavo Adolfo de Suecia y el legendario Mariscal de Turena habían hecho magistral uso en diversos campos de batalla desde los Pirineos a los Cárpatos.

Estos ejércitos dinásticos se caracterizaban por estar constituidos por una masa de soldados rasos de leva voluntaria, en su mayoría analfabetos, bajo la estrecha dirección de un cuerpo de suboficiales veteranos, a menudo tan poco ilustrados como la tropa, y conducidos por un cuerpo de oficiales provenientes de la nobleza terrateniente y cortesana cuyo código de honor suplía en alguna medida su ignorancia en las técnicas de su oficio.

Las condiciones del campo de batalla de la época, imponían tácticas donde primaban rígidas formaciones de infantería agrupadas en bloques de batallón, donde los soldados se ordenaban en filas cerradas casi codo con codo y sostenidas por los elementos más veteranos entre la tropa.

La dispersión en el campo de batalla estaba limitada por la falta de caminos adecuados, el alcance y cadencia de fuego de las armas y la escasa habilidad del soldado para actuar en forma independiente. Las batallas se transformaban en gigantescos duelos de fusilería donde la victoria se inclinaba de parte del bando que pudiera sostener bajas sin desbandarse, disparar sus mosquetes con mayor rapidez y efectuar cambios de frente con mayor presteza y precisión de manera de realizar fuego hacia el frente y flancos con igual efectividad. Por otro lado, la lealtad de los soldados estaba en directa relación con la regularidad de su paga, la comodidad de sus barracas y cuarteles, y la estricta disciplina impuesta por sus suboficiales, para quienes los latigazos y golpes eran medidas comunes de castigo.

En este contexto se desarrolló el Ejército prusiano del siglo 18. Federico Primero estaba convencido que un ejército férreamente disciplinado, formado por soldados maquinalmente habituados a efectuar maniobras y obedecer órdenes de manera instantánea, podía lograr una enorme ventaja en un campo de batalla tan dependiente de la concentración del fuego de fusilería y los rápidos cambios de frente en bloque de batallón. Es así como los técnicos militares del reino se avocaron a la tarea de crear movimientos de orden cerrado que aseguraran la mayor precisión y rapidez en las maniobras de las formaciones de infantería y caballería de tal forma de lograr la tan buscada movilidad táctica del ejército en campo abierto. Federico Segundo el Grande, hijo del Rey sargento, fue aún más lejos en su posición de disciplina extrema. Estableció que el ejército debía ser el reflejo del Estado y la proyección de la mente del rey, aunado por la sola voluntad de hierro de la persona del monarca, bajo la cual oficiales y soldados debían ejecutar y no razonar, debiendo fundir todo rastro de personalidad individual en la imagen colectiva del Regimiento. De esta forma, Federico el Grande incorporó los postulados de la filosofía del Estado Absoluto a la rígida disciplina de orden cerrado de su padre, borrando todo rastro de acción individual e iniciativa de las filas de su Ejército, transformándolo así en una auténtica máquina de guerra que respondía en forma instantánea y precisa a sus órdenes.
El Ejército Prusiano se hizo célebre por sus patios de formación donde las tropas ejecutaban las más complejas evoluciones con la más sorprendente rapidez y precisión, logrando imponerse en la batalla ante sus homólogos europeos que veían sus filas raleadas y sus flancos desbordados por las rápidas y metódicas descargas de fusilería acompañadas de súbitas evoluciones de pivoteo en bloque de la infantería prusiana. La evidente superioridad de los prusianos en sus tácticas de evolución y choque en masa, descubría a la vez las grandes falencias de su sistema, que Napoleón sabría aprovechar en su oportunidad. Estas se hacían patentes en la imposibilidad de los prusianos para emplear unidades de infantería y caballería ligeras para tareas de exploración y persecución, derivado de su estricto apego a las tácticas centralizadas de formación en bloque y la consiguiente falta de iniciativa y capacidad para actuar de manera independiente de sus soldados. Además, Federico el Grande nunca quiso aceptar las posibilidades de la artillería como arma de apoyo, considerándola siempre como un servicio auxiliar inferior a la caballería e infantería y limitando por lo tanto su desarrollo técnico y táctico.

Estas falencias se hicieron evidentes en la segunda guerra de Silesia cuando Federico no logró ubicar primero al ejército austriaco de la reina María Teresa, y luego no pudo forzar su destrucción al negarse a emplear su caballería en forma independiente. Otro tanto habría de ocurrirles a sus sucesores en la batalla de Valmy cuando los cerrados cuadros de infantería prusiana fueron masacrados por la artillería francesa de los ejércitos de la Convención Nacional.
Napoleón habría de terminar definitivamente con el aura de invencibilidad de los ejércitos de Prusia al infligirles su más aplastante derrota en los campos de Jena e imponiendo un nuevo estilo de hacer la guerra que evitaba los sitios prolongados y las marchas concentradas de tropas totalmente dependientes de sus depósitos de abastecimientos y sus cadenas de fortificaciones.

Napoleón haría marchar sus ejércitos por columnas independientes o divisiones que sólo se concentraban para atacar, abasteciéndolas en el terreno en el que operaban y, haciéndolas así, menos dependientes de fortalezas y depósitos preparados. Por otro lado, Napoleón abandonaría las tácticas lineales de infantería de Federico por cuadros de infantería más maniobrables, que se concentraban para atacar la línea enemiga en un punto, penetrándola para envolver luego sus flancos y disolverla mediante la persecución de la caballería ligera.

El cambio de condiciones en el campo de batalla no escaparía a la mente inquieta de algunos oficiales prusianos que, firmemente imbuidos de la mentalidad analítica del idealismo alemán se lanzaron al estudio de las campañas de Napoleón reduciendo su brillante método de hacer la guerra a una serie de principios y tratados que hasta el día de hoy parecen ser las abstracciones más relevantes del arte y ciencia de la guerra. Scharnhorst y Clausewitz fueron los nuevos maestros de la escuela prusiana y bajo sus auspicios el reino lograría desarrollar la base para un nuevo ejército llamado a reeditar las exitosas campañas de Federico.

Después de las guerras napoleónicas, el reino de Prusia pasó por un largo período de inactividad bélica brevemente interrumpido por la intervención de las tropas en las jornadas de julio de 1848, cuando los ordenados cuadros de infantería prusiana se vieron en serios aprietos para vencer la resistencia de los obreros revolucionarios fuertemente atrincherados en sus barricadas urbanas.

Este período de relativa inactividad fue magistralmente aprovechado por los teóricos de la guerra de la escuela de Clausewitz para modernizar el ejército, preparándolo para el futuro campo de batalla europeo. El nuevo genio militar prusiano surgió en la persona del general Helmuth Von Moltke, quien en 1857 asumió el cargo de Jefe del Estado Mayor General del Ejército, pasando a regir los destinos de las tropas reales. Von Moltke se abocó de inmediato a la tarea de reorganizar a su ejército, estableciendo la leva forzosa y perfeccionando los antiguos cantones regionales de Federico el Grande para facilitar la rápida movilización de las reservas y del Landwehr o ejército territorial. De esta forma, Von Moltke realizó una primera aproximación al concepto de la nación en armas como instrumento de la política de Estado, mientras Francia y Austria aún confiaban la victoria al espirit de corps y el élan de sus elegantes y gallardos ejércitos.

Por otro lado, Von Moltke desarrolló en definitiva el concepto del Estado Mayor como órgano asesor y su papel en la planificación y preparación de las campañas, eliminando además el papel del Comandante en Jefe como conductor directo de las batallas, al estilo napoleónico, para otorgar un mayor grado de autonomía a sus comandantes subordinados. Von Moltke argüía que las condiciones del campo de batalla de la época, favorecían la actuación descentralizada de las diversas unidades que estarían apoyadas por una artillería de mayor alcance y podrían moverse más rápido por las excelentes redes de caminos y canales fluviales de Europa Central, de modo que la conducción estrecha y centralizada de las operaciones sólo contribuiría a desaprovechar las oportunidades que presentara el desarrollo de la batalla.

De esta forma los prusianos se lanzaron a la consolidación del proceso de unificación alemana, derrotando a los austriacos en Sadowa y a los franceses en Sedán. Para los enemigos de Prusia, era casi imposible anticipar las intenciones de sus unidades y generalmente quedaban descolocados ante la impetuosidad y violencia de los agresivos comandantes germanos. Sin embargo, Von Moltke también sentó las bases de la derrota alemana en 1914, su excesivo celo en la formación de oficiales de Estado Mayor limitó el desarrollo de las especialidades técnicas de ingenieros militares e ingenieros de transporte, y su empeño en no interferir en las decisiones de sus comandantes subordinados amén de su insistencia en permanecer a retaguardia del área de operaciones, limitaba su capacidad para decidir a tiempo cambios radicales en los planes de campaña. Estas falencias se habrían de proyectar a sus sucesores que serían incapaces de adaptarse a las condiciones que la Economía globalizada y la industrialización de Europa, impondrían al campo de batalla durante la I Guerra Mundial.

Antes de proseguir en nuestro análisis del desarrollo militar germano del Segundo Reich, veremos cuál es el impacto que el resurgir de Prusia tiene en el resto del mundo y en nuestro país en particular. Las victorias de Metz y Sedán destruyeron en pocas semanas al ejército más poderoso del mundo.
  • Napoleón Tercero, emperador de Francia por la voluntad del pueblo, fue obligado a rendirse y abdicar y los restos de los vencedores de Sebastopol, Magenta y Solferino serían lentamente exterminados a las puertas de París. 
  • El rey Guillermo Primero de Prusia sería coronado Emperador de Alemania en el mismo palacio de Versalles para suprema humillación de la hasta entonces primera potencia militar de Europa.
El impacto de la guerra franco-prusiana habría de trascender las fronteras del viejo continente para suscitar admiración e inquietud en todos los rincones del mundo. La mayoría de las naciones buscaron adaptar sus ejércitos al modelo prusiano, y los grabados de la época muestran cómo se practicaba el paso del ganso desde los cuarteles del Celeste Imperio en Pekín, hasta las desoladas guarniciones de la Patagonia.

En nuestras Fuerzas Armadas, el General Don Emilio Sotomayor y el Almirante Don Patricio Lynch dieron los primeros pasos para facilitar la venida de un grupo de instructores militares desde Alemania en 1882, cuando aún se combatía con fiereza por desalojar a los peruanos de sus últimos reductos de resistencia en las serranías de Los Andes.

Es así como se originó la contratación del capitán de artillería Emile Korner Henze, en agosto de 1885, quien terminó por desempeñar, entre otros, el puesto de Subdirector de la Escuela Militar y profesor de las más importantes asignaturas de la recién creada Academia de Guerra. Con los primeros ingresados de la escuela de
Korner y después del paréntesis de la Revolución de 1891, se inició la reforma del Ejército de Chile, acomodando todos sus Reglamentos, uniformes, ceremonial e instrucción al modelo alemán del ejército de Von Moltke.


La modernización de nuestras fuerzas fue notable, incorporándose toda la instrucción básica de orden cerrado como la conocemos hoy, además de los más recientes métodos de instrucción de tiro, técnicas de artillería de campaña y servicio de exploración para la caballería. Sin embargo, si bien las reformas de Von Moltke habían transformado radicalmente la manera de operar de los ejércitos de Prusia desde las guerras napoleónicas, la actitud del soldado alemán no había cambiado demasiado. Aún se dedicaba la mayor parte del tiempo a la instrucción doctrinal de cuartel, con complejas evoluciones en orden cerrado, manejos de fusil y revistas de equipo, todo ello tendiente a anular la personalidad individual del soldado y fundirla en la imagen abstracta y férreamente disciplinada del Regimiento, el Ejército y el Estado Imperial.

Las supuestas bondades de estos severos esquemas disciplinarios se verían trágicamente derrumbadas bajo el estrépito de los cañones de agosto de 1914.

Durante los años previos a la I Guerra Mundial, Alemania disfrutó de un protagonismo incuestionable en materia militar y bajo la dirección del Conde Alfred Schlieffen, el Ejército y el Estado Mayor imperial alemán alcanzaron su mayor prestigio y eficiencia desde los tiempos de Federico el Grande. Fue en esta época también que el desarrollo del ferrocarril, la aparición de la artillería pesada y las ametralladoras habrían de modificar nuevamente el campo de batalla europeo en una extensión insospechada.

El ferrocarril ya había demostrado su gran utilidad como medio de transporte para las tropas durante la guerra de secesión de los Estados Unidos en 1861-1865. En repetidas ocasiones los ejércitos de la Unión reforzaron sectores comprometidos de sus líneas y explotaron el éxito en alguna batalla mediante el uso extensivo de sus líneas ferroviarias, mientras las profundas penetraciones de Sherman en el corazón de los Estados del sur apuntaban precisamente a dislocar las comunicaciones terrestres y el comercio de la Confederación.
El tremendo impacto de las ametralladoras y la artillería pesada en el campo de batalla del siglo XX y las variantes que, producto de ello, se impusieron a las tácticas de defensa y fortificación de campaña, ya habían tenido una primera aproximación en los cruentos combates por la conquista de Port Arthur, en la guerra ruso-japonesa.

Por primera vez se observaron los devastadores efectos que tenían sobre la infantería las descargas concentradas de fuego automático, las alambradas de espino y los sistemas de trincheras. Las sucesivas cargas de la infantería japonesa sobre los fortines y trincheras rusos sólo podían conseguir penetraciones mediante el empleo masivo de la artillería de campaña y los zapadores, una infantería por lo demás moldeada de acuerdo a los cánones prusianos y que debía por lo tanto haber anticipado, en alguna medida, las condiciones bajo las cuales se combatiría en futuros conflictos.

Schlieffen impulsó la modernización de su ejército enfatizando principalmente su capacidad para movilizarse en el menor tiempo posible, para alcanzar una victoria decisiva sobre un futuro oponente mediante la mantención de la iniciativa estratégica, coartando así la independencia de acción de su enemigo. Esta concepción de hacer la guerra, requería una estrecha coordinación de todos los elementos de maniobra y una adherencia muy estricta a los planes de movilización y campaña.

El famoso plan Schlieffen fue la síntesis de casi un siglo de desarrollo del pensamiento y técnica militar prusiana, y su éxito dependía casi exclusivamente de la férrea disciplina en el cumplimiento de sus fases por los Comandantes en primera línea, el estricto ajuste a los itinerarios de operación y a un enemigo que hiciera precisamente lo que se esperaba de él de acuerdo al plan. Schlieffen no sobrevivió al estallido de la I Guerra Mundial y su sucesor, el General Von Moltke, sobrino del célebre militar prusiano del 1870, introdujo significativas modificaciones a los planes de guerra que terminarían por conducir a las fuerzas germanas al desastre en la batalla del Marne, a las puertas de París.

La I Guerra Mundial fue el resultado final de la revolución industrial y la materialización completa del concepto de la nación en armas.

Ejércitos compuestos de millones de jóvenes reclutas y reservistas, auténticos ciudadanos en armas, se trabaron en combate en una insignificante porción de territorio francés y belga. Las masas de soldados, férreamente disciplinados en los patios de instrucción de los cuarteles, se lanzaron a la carga contra el fuego mortal de las ametralladoras y bajo la lluvia de metralla de la artillería de campaña, como si se tratara de un desfile de batallones en línea.

Los manuales de instrucción de la época establecían que la infantería debía avanzar bajo la cobertura de la artillería hasta la distancia de fuego efectivo de sus fusiles, para luego formar una línea de batalla, cerrando distancia con el enemigo hasta llegar al combate cuerpo a cuerpo. Como era de esperar, las pérdidas en vidas humanas durante los primeros meses de la guerra fueron espantosas, los oficiales se paraban enfrente de sus hombres a pecho descubierto para probar su valor, mientras las filas de soldados detrás de ellos avanzaban en bloque contra las defensas enemigas, como si estuvieran practicando evoluciones de orden cerrado en los patios de sus cuarteles.

Después de la batalla del Marne el frente se estabilizó y se comenzaron a construir interminables líneas de trincheras donde los soldados se protegían de los efectos de la artillería y las ametralladoras, mientras el Alto Mando se ubicaba a kilómetros detrás de las primeras líneas, fuera del alcance de la artillería enemiga, y ordenaba ataque tras ataque con el fin de abrir una brecha en los profundos sistemas defensivos del adversario.
Los infructuosos ataques de la infantería contra los sistemas de trincheras eran precedidos por días de constante bombardeo de artillería, lo que eliminaba toda posibilidad de sorpresa sobre el enemigo, y toda vez que la infantería lograba rebasar las trincheras adversarias no eran capaces de explotar su triunfo ya que las reservas se colocaban a retaguardia para protegerlas del fuego de contrabatería enemigo y demasiado lejos de las primeras líneas para ensanchar a tiempo las brechas abiertas por las tropas de asalto.

Las batallas de desgaste que se generaban por la incapacidad de los mandos para promover una solución táctica al problema de la guerra de trincheras, sólo daban como resultado cantidades abismantes de bajas y una insaciable necesidad de reemplazos. Las condiciones de instrucción para los nuevos reclutas que iban camino al frente fue descrita en detalle por Erich María Remarke en su libro "Sin Novedad en el Frente", donde se describe cómo las viejas prácticas prusianas de disciplina rígida e impositiva no contribuían mucho a lograr el cometido principal de la instrucción de cualquier soldado que es, a fin de cuentas, enseñarle a sobrevivir en una zona de combate.

Es así como se llegó a la suprema contradicción en la historia de la guerra de otorgar mayor importancia a la disciplina de una tropa maquinalmente acostumbrada a actuar por el estímulo externo de la orden, en lugar de invertir más tiempo en el desarrollo de sus habilidades para combatir y sobrevivir en el ambiente adverso del campo de batalla.

Es curioso el hecho que las legiones romanas, más de mil años antes, entrenaran a sus soldados en el manejo de las armas, la lucha cuerpo a cuerpo o la construcción de fortificaciones de campaña, mientras las modernas legiones germanas dedicaban la mayor parte de los cortos meses de instrucción de sus reclutas a los ejercicios de orden cerrado a los sones de cajas y cornetas, todos ellos elementos que hacía tiempo constituían un anacronismo en los campos de batalla del siglo XX.

El agotamiento económico y moral de una Alemania enfrentada a las mayores potencias industriales y marítimas del globo trajo como consecuencia la rendición incondicional y el fin de la ilusión de invencibilidad prusiana. Los últimos meses de la guerra vieron, sin embargo, un cambio radical de actitud del alto mando alemán frente a la problemática táctica planteada por la guerra de trincheras.

Bajo los auspicios del célebre general Ludendorff se desarrollaron nuevas unidades denominadas tropas de asalto que infiltraban los sistemas defensivos aliados durante la noche, sin preparación de artillería, para luego atacarlos desde un flanco o por la retaguardia. El empleo masivo de estas unidades produjo los rotundos éxitos de las ofensivas alemanas de abril de 1918 que, por desgracia para los germanos, no fueron acompañadas por un plan más ambicioso que explotara las rupturas en las líneas aliadas con profundas penetraciones al corazón de las defensas enemigas, produciendo el tan ansiado efecto estratégico.

La falta de sentido de proyección estratégica de sus éxitos tácticos limitó el efecto que las nuevas unidades tan cuidadosamente entrenadas por Ludendorff, podrían haber logrado en las batallas de Arras y Caporetto, y el final de la guerra de trincheras debería esperar el advenimiento de las formaciones masivas de tanques de que haría uso el Mariscal francés Ferdinand Foch.

Sin embargo, el entrenamiento a que eran sometidas las tropas de asalto en la retaguardia marcaría la modalidad de la nueva escuela táctica alemana que desestimaba el valor de la instrucción mecanizada e impositiva de la antigua escuela prusiana, favoreciendo la formación de los reclutas en terreno sobre los patios rectangulares de los cuarteles, el desarrollo de las habilidades individuales del soldado en lugar de su obscura asimilación a un cuadro de infantería formado en bloque, y la actitud creativa de los oficiales, liberándolos de esquemas tácticos rígidos y conductos de mando estáticos e inflexibles.

Después del tratado de Versalles el ejército alemán quedó reducido a la magra cifra de cien mil hombres, que difícilmente permitía a la nueva República alemana defenderse adecuadamente de los ejércitos de millones que sus potenciales enemigos estaban en condiciones de poner en armas en su contra. Ante el nuevo desafío impuesto por las restricciones de Versalles, los militares alemanes respondieron con incomparable imaginación y voluntad.

Hans Von Seeckt, antiguo oficial de Estado Mayor y veterano de las campañas rusas de la I Guerra Mundial, asumió el cargo de Comandante en Jefe de la Reichwerh y bajo su premisa "calidad por sobre cantidad", imprimió un renovado impulso a la dinámica militar germana, sentando las bases para el más grande desarrollo de las Fuerzas Amadas teutonas en toda su historia. Otro agente importante del nuevo desarrollo militar germano fue el antiguo general Ludendorff, quien en su libro Guerra Total, esparció la crítica sobre el antiguo sistema de instrucción prusiano, abogando por el reemplazo de la disciplina y el ceremonial mecanicista del antiguo esquema por una nueva disciplina que apelara a las fuerzas espirituales y emocionales que mueven al soldado a encarar la muerte y obedecer órdenes bajo fuego. Su alabanza del sistema militar japonés, tan fuertemente cimentado en los valores religiosos y raciales del Shinto sería un presagio de la incontenible expansión nipona de la II Guerra Mundial.

Es así como las atrocidades de los campos de batalla de la I Guerra Mundial serían la cuna para una nueva generación de pensadores militares alemanes que, sin olvidar las importantes lecciones impartidas por Federico, Scharnhorst y Clausewitz, se abocaron a la tarea de levantar la moral de un ejército derrotado y reducido a su mínima expresión para convertirlo en la máquina de guerra más formidable de Europa. Von Seeckt sentó la base teórica de la reforma militar alemana al desarrollar su teoría del ataque brusco, que contemplaba el empleo de sus escasas fuerzas en ofensivas que penetraran profundamente sobre el territorio enemigo mientras éste aún completaba su movilización. De esa manera, Von Seeckt buscaba suplir su inferioridad numérica por rapidez, decisión y agresividad en el accionar de un ejército completamente integrado por soldados profesionales listos para atacar en cualquier minuto y a corto aviso.

Von Seeckt se encargó además de reformar la instrucción de sus tropas, reduciendo al mínimo las prácticas de cuartel y los ejercicios de orden cerrado, reemplazándolos por frecuentes ejercicios tácticos en terreno y prácticas deportivas que incentivaran el desarrollo de un sentido de compromiso, autodisciplina, trabajo en equipo, audacia y liderazgo en sus soldados. El clima altamente profesional y de férrea camaradería que surgió producto del nuevo enfoque de Von Seeckt está muy bien representado en las memorias del Coronel Von Luck, "Panzer Commander", quien describe cómo su unidad de motoristas granaderos competía en todas las carreras de motocicletas que se organizaran, rompiendo incluso un récord nacional de la pirámide humana más grande sobre una motocicleta. Además, Von Luck describe cómo su unidad probaba todos los prototipos que se le presentaran para pruebas, llegando a desarrollar el sidecar con una ametralladora montada sobre él.

Las relaciones de los oficiales con sus hombres no podían ser más diferentes de la distante posición del aristocrático oficial prusiano de la preguerra, después de todo, se necesitaba de un equipo que trabajara en estrecha coordinación para obtener resultados en el nuevo ejército de los cien mil y la rígida sujeción a órdenes y reglamentos no produciría el efecto deseado.

Otro de los nuevos oficiales de la escuela de los cien mil, condecorado con la máxima distinción del Reich durante la campaña de Italia en la I Guerra Mundial, fue el entonces Teniente Coronel Erwin Rommel. Rommel se hizo célebre durante la guerra por sus tácticas muy poco ortodoxas que lo llevaban a infiltrar las líneas enemigas durante la noche para tomar las trincheras y bunkers adversarios por sorpresa, procedimiento muy poco usual en una guerra donde cualquier ataque era precedido por una larga preparación de artillería y cubierto por el fuego concentrado de las ametralladoras. Sus experiencias de la guerra y su enfoque hacia el empleo de la infantería en el combate moderno quedaron plasmados en su libro "Infanterie greift an", que se publicó en 1937. Este libro y su vasta trayectoria como instructor de táctica en la Escuela de Infantería de Potsdam, contribuyeron enormemente a construir el nuevo panorama de una táctica flexible, plena de imaginación, creatividad e iniciativa individual. El Coronel Von Luck también describe en sus memorias la tremenda fascinación que Rommel despertaba en sus jóvenes alumnos y cómo su influjo rompía cualquier objeción o resistencia a sus muy poco ortodoxos métodos de combate. Se podría afirmar, sin faltar a la verdad, que Rommel fue un eslabón crucial en el desarrollo y materialización de la doctrina del Aufragstaktik empleada durante la II Guerra Mundial.

El análisis de la banda de los cien mil mercenarios, como eran despectivamente llamados por los militares franceses, no puede dejar afuera la figura casi legendaria del General Heinz Guderian, el creador de las divisiones Panzer que habrían de arrollar a Francia en menos de tres semanas. Su famoso libro "Achtung Panzer", perfeccionó los estudios efectuados por el inglés Lidell Hart y el francés Charles de Gaulle, para exponer el futuro desarrollo de divisiones combinadas de tanques, infantería motorizada y artillería autopropulsada, estrechamente apoyadas desde el aire por una fuerza aérea de cobertura, cuyo principal cometido era irrumpir como un inmenso puño acorazado sobre los sistemas defensivos adversarios, penetrando luego su dispositivo hasta el corazón de la nación enemiga. 
La fórmula de Guderian fue aceptada con reservas por los militares prusianos de escuela de Schlieffen. Sin embargo, la idea fue bien acogida por Hitler y las primeras divisiones experimentales comenzaron a ser probadas en maniobras para su próxima implementación en el ejército del Tercer Reich. Guderian fue el artífice de la guerra relámpago o Blitzkrieg, transformando la idea del ataque brusco de Von Seeckt en una posibilidad real.

Es así como podemos apreciar que los esquemas militares de la era de Von Moltke con que arribaron a Chile los instructores alemanes de la misión militar del Capitán Korner, cayeron bajo el fango de las trincheras de la I Guerra Mundial, siendo reemplazados por una escuela diametralmente diferente, que enterró para siempre las rígidas formas del ceremonial militar prusiano para basar sus patrones de eficiencia en la iniciativa, voluntad y sentido de trabajo en equipo de sus tropas en combate. El gran nivel de coordinación y cooperación entre las diversas armas que requería la operación de las unidades Panzer de la II Guerra Mundial habría sido imposible en un ejército cuyos métodos de instrucción tendieran a la supresión de la personalidad individual y a la imposición de la acción por medio del estímulo externo de la orden.

Por desgracia para nuestras Fuerzas Armadas, la influencia militar germana en nuestro país no llegó a alimentarse del nuevo espíritu impuesto por Von Seeckt, Guderian y Rommel, y los últimos instructores alemanes en Chile después de la I Guerra Mundial no alcanzaron a beneficiarse de las radicales mejoras y la creciente flexibilización del antiguo modelo de Von Moltke y Schlieffen.

De una u otra forma, la influencia del modelo prusiano tradicional perduró en nuestras Fuerzas Armadas a pesar de la invasión de material bélico, asesoría técnica e intercambios de personal con los Estados Unidos al término de la II Guerra Mundial.

Incluso en la Armada, de tradicional apego a las usanzas navales británicas, la influencia militar alemana se hace patente en casi todo el protocolo jerárquico y en la totalidad de los ejercicios ceremoniales de orden cerrado. Las fotografías de principios de siglo son aún más patentes al mostrar a oficiales y tropa del Ejército de Chile completamente ataviados en uniformes alemanes, y la Escuela Naval formada por compañías en bloque al mando de oficiales de ejército luciendo cascos y penachos de corte prusiano. El apego a este modelo traspasó incluso los umbrales de lo puramente formal y el Ejército conservó por mucho tiempo el esqueleto administrativo y organizacional desarrollado por el General de División Emile Korner, con su Estado Mayor conformado por una élite intelectual de oficiales, las inspectoras de armas e incluso la distribución territorial de muchas unidades.

CONCLUSION

Después de más de un siglo de influencia y tradición prusiana en nuestras Fuerzas Armadas, tal vez sería necesario recapitular y analizar cuidadosamente los beneficios y trabas que la adopción tan singularmente integral de este modelo ha significado para el desarrollo y adaptación de nuestras instituciones castrenses a la creciente complejidad de los actuales escenarios de defensa. Tal vez sería necesario analizar además otros modelos de formación que, no obstante diferir en forma y aspecto de la tradicional imagen inmaculada del soldado germano ejecutando el paso del ganso, inspiran en sus tropas fuerzas y lazos emocionales más poderosos que la débil estructura disciplinaria basada en la mecanización de los ejercicios de orden cerrado y la anulación de la individualidad del soldado en aras de la uniformidad ciega.

Me refiero puntualmente a las experiencias de las fuerzas de defensa de Israel, a los batallones de mercenarios de color de la Fuerza Búfalo sudafricana o a las unidades de contraguerrilla de los Selous Scouts rhodesianos entre otras. Estas fuerzas se desenvuelven en un ambiente casi familiar, matizado por lazos de lealtad mutua que transforman el proceso de órdenes en una relación de obediencia casi espontánea en lugar de la ciega sumisión a los fríos comandos de una formación para desfile.

El camino hacia la autodisciplina y la iniciativa individual de un soldado inmerso en la creciente complejidad de un campo de batalla saturado de optrónica, informática y sistemas de armas integrados, pasa por un cuidadoso análisis de las fuerzas emocionales y morales que lo mueven a arriesgar su vida y seguir las directivas de su mando bajo fuego. 


Rommel lograba infundir en sus soldados una confianza que los movía a superar cualquier obstáculo en combate, probablemente un análisis cuidadoso y desapasionado de los aspectos del modelo germano que contribuyeron a la formación de hombres de la calidad de Rommel, Guderian, Von Luck y Von Manstein, nos dará alguna luz acerca los verdaderos patrones de excelencia implícitos en el modelo militar prusiano.
por Gonzalo Rosas Berardi