martes, 24 de mayo de 2011

UNA NOCHE CUALQUIERA: le pasó a él por estar ahí…

UNA NOCHE CUALQUIERA: le pasó a él por estar ahí…
viernes 20 de mayo de 2011

Una noche cualquiera, en pleno mes de verano, un Policía salió a patrullar como hacía cada vez que le tocaba trabajar a su turno. Salió, como todos los días, con muchas ganas de ayudar donde y como hiciera falta, y con el mismo ánimo de sorprender a los malhechores en plena actividad ilícita. No hacía ascos a ningún tipo de incidencia delictiva o humanitaria.

Ese compañero salía así de animado a trabajar todos los días, pese a saber de la inquina que algunos le tenían dentro del colectivo al que pertenecía, amen de la enemistad manifiesta de algún político con carta en el “servicio”. Muchas eran las zancadillas y trompicones que tenía que sortear, diariamente, desde que comenzó a trabajar en “la empresa”. Pese a eso, que no es poco, ese Policía siempre se mostraba presto a ayudar a todos y cada uno de los que mostraban abierta o encubiertamente esa animadversión. Esto último lo demostró siempre que se presentó la ocasión, y fuese quien fuese el que pidiera apoyo. ¡Él siempre estaba allí…!

Antes de tropezarse con nuevas sensaciones, estuvo toda la noche saboreando las mismas de cada día de trabajo: sentimiento de ayuda a la mayoría mientras “fastidiaba”, aplicando la Ley, a la minoría. Creía en lo que hacía, y para ayudar a unos tenía que reprender a otros. Ese es el juego, y es muy sencillo comprenderlo y asimilarlo. Aquella noche, durante las primeras horas del servicio, incautó pequeñas cantidades de sustancias estupefacientes prohibidas y también realizó alguna alcoholemia al conductor de algún vehículo; un arma prohibida también fue decomisada, y quedó retirada de la calle aquella noche. Ah, él no iba solo: le acompañaba el que, desde hacía algún tiempo, era casi binomio fijo de servicio.

Pasaban las horas de servicio y tocó ir a reponer energías. Como casi todos los compañeros, cuando trabajan por la noche, acudió a la gasolinera de siempre para tomar un café y algún bocado. Tras repostar, carretera y manta. Había cosas que hacer: siguió buscando infractores de todo género y clase.

Bien entrada la madrugada: ese animado Policía, algo acalorado por las altas temperaturas veraniegas, trató de hacer un servicio de lo más cotidiano y rutinario, trató de identificar al infractor de un precepto de tráfico. Pero lo que consiguió identificar fue una situación que hasta entonces le era desconocida, una situación para la que siempre se había preparado pero que siempre creyó que nunca conocería. ¡Esa noche conoció la soledad!, y no cualquier soledad sino la soledad con mayúsculas. Hablamos del a veces manido: “… O TÚ O YO…”. Aquella soledad era, a la par, silenciosa y ruidosa. Todo era nuevo y extraño. ¡Por Dios, qué está pasándome! Fue algo nuevo y distinto, algo que pocos conocen, o que pocos pueden contar.

Esa situación fatal es aquella para la que muchos creen estar preparados, pero cuyo extremo, por suerte para ellos y sus familias, casi nunca tendrán que verificar.

Esa SOLEDAD la sintió porque fue eso, una sensación; fue como si estuviera desnudo ante el mundo. Solo e indefenso. Nadie podía ayudarlo, era él y el mundo, y el mundo tenía forma de bicho negro que no paró de envestirlo una y otra vez. Durante algún tiempo –eterno y rápido–, escasos segundos en realidad, no pudo hacer nada para defenderse. Seguía sintiéndose observado y desprotegido mientras el monstruo trataba de eliminarlo. Para ese compañero fue el peor momento de su vida. Todo duró muy poco tiempo, pero ocurrió de todo. No tuvo tiempo de pensar en nada, pero por su mente, como si de una pantalla de cine se tratara, pasaron infinitos capítulos de su vida.

Esa madrugada se topó con una bestia corneadora. Ese compañero, gracias a Dios y a varios factores más, sorteó varias cornadas, si bien una de ellas le dejó huella en el alma, en la mente y en alguna parte de su anatomía. Esa noche cambió su vida. Vive, desde entonces, en una extraña línea: el antes y el después.

Esa noche trajo consigo, a ese compañero, un montón de datos e información relativa a la amistad, al compañerismo y la profesionalidad. Claras conclusiones fueron obtenidas por ese Policía.

Durante meses ordenó y clasificó todo aquello que, a modo de “datos”, le iba llegando por diversas fuentes. El odio y la envidia no tienen límites en la especie humana. Aunque parezca mentira, algunos de los que se visten de policía, y que además cobran por ello, jalearon a la bestia que trató de quitar la vida a un compañero de la Policía. Algunos incluso se lamentaron de que ese Policía hubiera sabido, o podido, capear a su atacante. Algunos de esos, quizás todos, jamás vieron a un toro ni desde la barrera y por eso les resultó muy fácil sentirse más cercanos al bicho que al Policía. Malditos.

Aquel compañero que durante tan breve espacio tiempo, pero a la vez tan eterno instante, se sintió abandonado, ha vuelto otra vez a la plaza. ¡Ah!, y cuidado, porque ha saltado al ruedo con el mismo ánimo y fuerza que aquella noche cualquiera en la que, como siempre, trató de cumplir con la que es para él una misión sagrada que pocos comprenden y respetan.

Lo más duro de todo lo descubierto y vivido, tras los primeros meses de recuperación física, no fue el dolor de las heridas, tampoco fue el agotamiento de las jornadas de fisioterapia; no fue, ni tan siquiera, el recuerdo de la primera semana alejado de su familia cuando aún permanecía hospitalizado. Lo más doloroso fue descubrir el olvido, el desprecio y la falta de respeto que mostraron algunos compañeros que, hasta aquella noche cualquiera de verano, parecían amigos. Como poco eran de los “buenos”, y de ellos se esperaba algo. Un gesto al menos. Algunos de esos siempre se mostraron cercanos y habían compartido años de servicio mano a mano, noche a noche y palo a palo, con el que ahora estaba medio muerto. Incluso alguno le llamaba hermano.

Todo es mentira, como la de los jefes y los políticos. Él, en el fondo, sabía quienes serían los que siempre iban a estar ahí. No se equivocó, esos estuvieron aquel día y los siguientes.

Ese olvido se presentó en forma de ausencia de llamadas, de nulas visitas y de desinterés por el estado de salud físico y mental. En definitiva, ausencia de respeto a un compañero del que había pruebas sobradas de que, llegado el caso, hubiera dado todo por ellos, por todo y por todos. El Policía tenía heridas en su cuerpo, pero también en su alma.

Él cree, a día de hoy, que existió desconfianza y recelo por parte de algunos de esos ausentes. Algunos de esos olvidadizos compañeros quizás pensaron que ese Policía, al igual que ellos pudieron haber hecho en alguna ocasión, había obrado con trampas. Otros directamente así quisieron elucubrarlo, creerlo y difundirlo con maldad.

¿Mezcla de odio personal o ignorancia supina?, seguramente, grandes dosis de ambos conceptos se conjugaron para dar pábulo negativo. Los que tendieron a pensar en sucias teorías, no recordaron que su olvidado y despreciado compañero siempre les recomendó no hacer trampas nunca. ¡Cree el ladrón que los demás son de su condición…! Cuando las cosas se hacen bien no requieren de remiendos.

¡Cómo pasa el tiempo!

Fueron pasando los días, los meses e incluso los años, y lejos de ver las cosas de otro color, el ambiente profesional que rodea a ese Policía siguió tornándose cada vez más gris. Mentiras, odios y envidias, emanadas de las inseguridades que fluyen de las incapacidades de muchos, son los culpables de esas grises tonalidades. Creer en las mentiras, sobre todo si son escabrosas, es muy fácil para el ser humano, más aún lo es cuando se está dispuesto a creer en contra de un semejante.

Es más fácil destruir que construir, y es más cómodo ser cobarde que valiente. Si ser honesto fuera fácil y cómodo…no habría tanto trepa, tanto despropósito y tanta falsedad.

Él.