viernes, 3 de febrero de 2012

HISTORIA COMPLETA DE RICHARD KUKLINSKI

ATENCIÓN: CONTENIDOS DE VIOLENCIA EXTREMA

Un asesino nato

Publicado por Monolocus en julio 18, 2009

Richard Kuklinski nació en Jersey en 1935, en el seno de una familia de muy humilde. Vivían en un barrio marginal de viviendas protegidas. El ambiente familiar era rígido, violento y religioso. El padre, Stanley Kuklinski era hijo de inmigrantes polacos. Aquel hombre era un rudo guardafrenos, un hombre alcohólico, putero  y pendenciero, que sometía a golpes a su mujer y a sus hijos por costumbre.

Stanley y Annah Kuklinski
Stanley y Annah Kuklinski
La madre, Annah, era una mujer muy católica. De padres dublineses, creció en un internado religioso. Del que la sacó Stanley, para casarse. Pero la felicidad duró poco, si algo. Pronto empezaron los gritos. Stanley se volvía venenoso cuando bebía, y pronto comenzaron los episodios de violencia doméstica. Cuando nació Florian, el primogénito de tres varones, las palizas ya debían de ser habituales. Los más tempranos recuerdos de Richard ya incluían las agresiones de sus padres. Hannah aprendió que tratar de protegerlos era contraproducente, pues agravaba la ira del marido y la atraía hacia ella. A menudo, mientras Stanley apalizaba a sus hijos, Annah rezaba en alto, de rodillas contra la pared. Otras, ella misma participaba en las palizas, desviando la atención de su marido hacia sus hijos. También a solas les pegaba ella, usando todo tipo de objetos, cuando su marido no estaba.

Un día, cuando Richard tenía cinco años, Stanley llegó borracho a casa, como de costumbre. Mal encarado, empezó a gritar a su mujer e hijos, y pronto llegaron los golpes. Richard corrió a esconderse, pero Florian no logró escabullirse. Y aquella noche, en medio de la escena habitual de violencia doméstica extrema, a Stanley se le fue la mano y desnucó, de un puñetazo, a su hijo mayor.  En ese instante, los gritos y golpes se detuvieron, y sus padres planearon juntos la coartada, con su hijo mayor ahí tirado. Iban a encubrir la muerte, disfrazándola de accidente. Sentirían pena más adelante. La primera sensación de aquel fallido matrimonio fue el miedo.
A Richard le contaron que Florian había sido atropellado. Hubo funeral y duelo. Luego, la progresiva vuelta a la rutina. Los golpes y gritos cesaron por un tiempo, pero los rezos contínuos ocuparon su lugar. El ambiente volvió a ser opresivo, y como consecuencia, la violencia regresó gradualmente a la casa de los Kuklinski.

Richard era un niño introvertido. Estudiante difícil y con problemas para relacionarse, era blanco de los chulos del colegio. Como había aprendido que era mejor no pasar demasiado tiempo en casa, y tampoco tenía amigos, empezó a hacer una vida callejera y solitaria. Lo que no estaba exento de problemas, pues en el vecindario también había chicos malos que le pegaban y humillaban cuando sus caminos se cruzaban.

Richard se aficionó, en esas tardes solitarias y callejeras, a torturar animales sin dueño. Los abundandes gatos eran un blanco fácil. Richard solía estrangularlos para ver cómo morían mirándolos a los ojos. También los quemaba vivos en un incinerador de basura. Otras veces, ataba dos gatos por la cola y los colgaba de un tendedero para verlos pelear hasta la muerte. Los animales vagabundos llegaron a escasear en su barrio.
Lo pasaba mejor solo que acompañado. No se fiaba de nadie. En casa, además, las cosas empeoraban. Annah tuvo dos hijos más, Roberta y Joseph. La presión doméstica sobre Stanley era mayor, y por tanto se agudizaba la violencia. Un día, Stanley empezó a verse con otra, y gradualmente fue abandonando el hogar, lo que implicó una mejoría inmediata. Pero Annah tuvo que ponerse a trabajar por las noches, y eso trajo consigo sus propios problemas.

Richard se aficionó a los pequeños hurtos, primero para llenarse la panza, y luego, para llevar comida a casa. Annah rezaba, se lamentaba y les pegaba durante todo el tiempo que no estaba trabajando o durmiendo. Se ensañaba especialmente con Richard, reprochándole sus robos. Pero tuvo que claudicar, gradualmente, y aceptar los alimentos. La verdad es que tenía desatendidos a sus hijos, y toda ayuda venía bien. La violencia no cesó sobre él, ni sobre sus hermanos, pero Richard crecía, y su pericia como ratero se extendió a la de ladrón de coches. Aprendió a conducir en las calles, sin más compañía que la de su sombra.

Parte del fracaso escolar de Richard se debía a una indetectada dislexia que hacía al chico parecer tonto o retardado. Pero Richard aprendió a leer con interés cuando cayó en sus manos una revista de crímenes. En aquella época la crónica negra era un género muy popular, mucho más que ahora, y existían decenas de publicaciones que describían con todo detalle y soporte fotográfico crímenes e investigaciones. Éstas revistas de crímenes cautivaron a Richard, que devoraba cuanto ejemplar caía en sus manos. Ayudado por aquellas publicaciones, empezó a fantasear con matar a Stanley, y planeó e imagimó decenas de modos de hacerlo. Y luego, pasó de planear la muerte de Stanley a planear la muerte de cualquiera que le estuviera jodiendo la vida.

Había en el barrio un chico mayor que le tenía especialmente  marcado. Él y sus compinches le hacían la vida imposible cuando sus caminos se cruzaban. Le hacían y decían de todo, con una crueldad que llama la atención sobre la dureza del ambiente, y Richard aprendió a esquivarles. Vivía escondido en las calles, escondido de sus padres, con quienes pasaba el menor tiempo posible, y escondido de los chicos malos, a quienes esquivaba siempre que podía.

Muerte 1: Charley Lane
Con trece años, y después de un episodio particularmente doloroso de vejaciones verbales y físicas por parte de éstos matones de barrio, se hartó. Acechó al jefe de los matones, Charley Lane, un chico de dieciséis años, y cuando conoció sus rutinas, trazó un plan. Charley tenía a raya a Richard, le hacía de todo, y dirigía a otros contra él. Richard había fantaseado muchas veces con matarle. Con una barra de hierro oculta en el antebrazo, le esperó en el callejón tras la casa del tipo, de madrugada, hasta que éste volvió de sus pendencias nocturnas. Allí, sin testigos, Richard se le encaró y le provocó. El matón atacó a Richard, y cayó al suelo con la sien abierta de un golpe certero y brutal en la cabeza. Richard Kuklinski se había cobrado su primera sangre. Solía asegurar, cuando recordaba el episodio, que su intención era solamente dar a aquel chico una lección, pero lo cierto es que una vez empezó a golpearlo, ya no pudo parar hasta que se dio cuenta de que lo había matado. Richard ocultó el cadáver en las sombras y fue a por un coche. Condujo de vuelta y transportó el cuerpo en el maletero hasta unas marismas. Allí le arrancó los dientes con un martillo y le cortó los dedos con un hacha. Tiró el cuerpo a un estanque helado. Condujo de vuelta tirando los dedos y dientes a la cuneta. También se deshizo de las herramientas. Abandonó el coche en un aparcamiento y caminó varias millas hasta casa. Se fue a acostar con la mejor sensación de su vida. De ser víctima, había pasado a ser verdugo, y le gustó.

ADOLESCENCIA
Pasaron muchos meses y la policía no se presentó. La vida de Richard dio un vuelco. Tras su primer crimen, se prometió que nadie le volvería a joder. Uno por uno, siguió a los chicos que le hacían la vida imposible, y los sometió a graves palizas, que pronto aprendieron a esquivarle a él. Con un grueso garrote, recorría metódicamente las calles buscando a todo aquel que le hubiera hecho algo en el pasado, para ajustar cuentas.

Richard pasó a frecuentar los billares de la zona. Le gustaba el billar y aprendió a jugar bien. Jugaba por dinero y solía ganar. Si alguien le faltaba al respeto, lo atacaba con el taco o con sus manazas. Se enzarzó en muchas peleas, que ganaba siempre. Un día se enzarzó con tres tipos que lo echaron del bar. Richard siguió al primero y lo apuñaló por la espalda. Luego, siguió al segundo y repitió la operación. No murieron. El tercero se fue de la ciudad y nunca volvió. Richard se creó una fama de tipo duro en la zona, y reunió a su propia pandilla, las Rosas Nacientes, con la que daba golpes a pequeña escala. Richard compró su primera pistola, un revólver del 38.

Richard se fue convirtiendo en un hombre ágil y corpulento. A Richard le gustaba ir elegante, y, aunque tímido, las mujeres solían abordarle. Una de ellas, Linda, se lo llevó a vivir con ella cuando Richard sólo tenía dieciséis años.

Muerte 2: Doyle
Doyle era un secreta del barrio. Un día, Doyle perdió al billar contra Richard y, queriendo provocarle, se burló de él delante de todo el mundo. Richard se fue del bar y esperó. Doyle salió después y fue a su coche. Se quedó allí, dormido con un cigarrillo. Todo un golpe de suerte. Richard compró gasolina en una estación cercana y la vertió al interior del vehículo. Lanzó una cerilla al interior y se quedó por allí para oír los gritos de Doyle. Volvió a casa con una gran sonrisa en los labios.

Por aquellos días, Stanley volvió a pegar a Annah durante una visita. Cuando Richard se enteró, fue directamente a por su padre. Lo agarró y le puso el 38 en la sien. “Si vuelves a acercarte a mi familia, te mato y te tiro al río”. Stanley nunca volvió a molestarles. Richard no lo había hecho por su madre, a quien despreciaba profundamente. Lo había hecho por sí mismo. Se arrepintió durante toda su vida por no haber apretado el gatillo aquel día.

No sentía mayor estima por su madre. Después de tanto rezo y tanta moralina y el sexo es malo y todo lo demás, un día fue a visitarla y se la encontró practicando el sexo con un vecino, un hombre casado. Quiso matarla allí mismo. Esa mujer le había pegado con saña y dedicación para inculcarle una férrea moralidad católica, y ahí estaba, abierta de piernas mientras el culo gordo y peludo del vecino embestía una y otra vez. Pero se dio la vuelta y se largó en silencio.

MAFIA
Gracias a la astucia de Richard, los golpes de las Rosas Nacientes tenían éxito, y se hicieron más ambiciosos. Robos en almacenes, atracos a droguerías y licorerías. No tardaron en llamar la atención de la mafia, que les encargó un asesinato. Había que matar a un tipo que no pagaba.

Muerte 3
Richard planeó el golpe. Siguieron al tipo en un coche. Llegado el momento, el encargado de realizar el disparo no tuvo valor para apretar el gatillo. Richard le arrebató el arma, se bajó del coche, se acercó al tipo, le disparó una vez en la sien y volvió al volante. Condujo hasta dejar a los otros chicos en su casa. Ellos mismos quedaron impresionados con la frialdad de Richard. “¡Mírale, fresco como una puta lechuga!” “Tío, estás hecho auténticamente de hielo”. Así le pusieron el sobrenombre de ICEMAN, el hombre de hielo.

Éste trabajo catapultó a los Rosas Nacientes, que , tutelados por la mafia italiana de Jersey, llegaron a dar un golpe de dos millones de dólares. Richard se aficionó al juego, y entró en una dinámica que ya no abandonaría nunca: ganar y perder enormes sumas de dinero en un abrir y cerrar de ojos. También inauguró otra dinámica: repartir violencia doméstica. Richard era, como lo fueron sus padres, una bomba de relojería. Podía estallar en cualquier momento. Linda se quedó embarazada y convenció a Richard, a regañadientes, para que se casara con ella.

Muertes 4, 5.
Dos miembros de las Rosas Nacientes dieron un paso en falso: asaltaron una partida de poker de la mafia. Un hombre de familia se puso en contacto con Richard. Le dijo que o mataba él a sus dos compañeros, o moriría toda la banda. Richard tuvo que aceptar. Tomó un revólver y visitó a sus dos compañeros por separado. Los mató por la espalda, de un tiro rápido en la cabeza. Desde ese momento, Richard pasó a ser un hitman de la mafia italiana de Jersey. La banda de las Rosas Nacientes quedó disuelta.

Muertes 6, 7, 8, 9, 10,…
Richard volvió a ir solo. Por esa época, solía dar largos paseos por Manhattan. En uno de esos paseos, un indigente lo abordó y se puso pesado. Richard Kuklinski lo apuñaló en la nuca y lo dejó allí mismo. Y se aficionó a esos paseos. Y a las presas anónimas que esos paseos le proporcionaban. Incluso él perdió la cuenta. Sabía, por sus revistas de crímenes, que la policía de Manhattan jamás se pondría en contacto con la de Jersey, en el supuesto de que intentaran resolver la ola de crímenes. Pensaron que eran reyertas entre indigentes, y Richard perfeccionó su arte. No le gustaba la sangre, prefería las muertes rápidas y silenciosas. Disparos sorpresivos con armas pequeñas, estrangulación, un puñal en la oreja, o en la nuca y hacia arriba, un pinchazo al corazón o en el ojo, provocaban la muerte instantáneamente.Un día ahorcó a un tipo con una cuerda. “Yo mismo hice de árbol”, contó. Richard ya se había convertido en un gigante de dos metros. Matar le hacía sentir bien.

HOGAR, DULCE HOGAR
Si me jodes, te mato...¡te mato!
Si me jodes, te mato...¡te mato!
Por el año 1956, Linda le dijo a Richard que esperaba un hijo suyo. Richard se puso como una fiera. Con el paso de las semanas, a pegarla en el estómago para que perdiera al niño. Richard, como su padre antes que él, fue en casa un hombre violento. Como Stanley, cuando bebía podía ser venenoso. Con una diferencia: Stanley siempre era violento y peligroso. Richard tenía días con Linda en que era el hombre más gentil del mundo, pero había otros en que se levantaba ya predispuesto a destrozar el mobiliario y agredir a su mujer. Y digo a su mujer porque, en el transcurso del embarazo, Linda consiguió convencer a Richard para que se casaran, aunque fuera por lo civil. Richard, a quien las cosas le gustaban bien hechas, aquello debió de parecerle un apaño, un matrimonio de tapadillo, y probablemente, culpaba a Linda por ello.

TERCER CONTRATO
El tercer contrato de la mafia, fue sacar de circulación a un tipo que vendía coches usados. Le había faltado al respeto a la señora de alguien de dentro. El contrato tenía dos condiciones: Richard tenía que aportar un trozo del cuerpo de la víctima. Y además, debía asegurarse de que la víctima sufriera.

Richard aceptó. Acechó a su víctima en su tienda y en su casa. Decidió que el lugar idóneo era el negocio de coches usados. Cuando llegó el momento, Richard salió a hablar con el tipo, se interesó por un coche. Lo probaron dando una vuelta. Luego, Richard detiene el coche en un lugar previamente escogido, se baja a mirar el motor. “Mire, vea esto”, dice, y el tipo se inclina sobre el motor. Richard le golpea, le inmoviliza y le mete al maletero, inconsciente. Richard conduce tranquilamente hasta una zona boscosa de difícil acceso. Allí, ata a la víctima de cara a un árbol, amordazado, y le enseña un hacha. El tipo quiere gritar, pero apenas emite sonidos por estar atado en una postura extraña. Cuando ve el hacha, se da cuenta de lo que va a ocurrir. Richard, de abajo arriba, destrozó a la víctima, que permaneció consciente hasta desangrarse. Cavó una fosa y enterró los restos. A modo de muestra, entregó la cabeza de la víctima, para regocijo del cliente, que pagó encantado.
Otro cliente satisfecho.

COBRADOR
Después de esto, Richard pasó a ser cobrador para la familia. Se había ganado a pulso la fama de hombre duro. El Polaco, le llamaban en la calle. Todos pagaban cuando se presentaba El Polaco. Siempre. Un día, un cliente pagó sólo la mitad. Richard fue a verle a su despacho. “La otra mitad la traeré mañana”. Richard volvió al día siguiente. “Aún no la tengo”, dijo. Richard sacó una pistola. Y el tipo sacó el dinero. “¿Por qué te has arriesgado si tenías el dinero?” “Porque no quería pagar”, dijo el tipo. Richard levantó el arma y disparó. Después, cuando se lo contó al jefe, éste le felicitó. “El respeto es lo más importante”.

LA GRAN OPORTUNIDAD

Richard aceptaba también trabajos a particulares, además de los encargos que hacía para la familia. Pero trabajar para la familia le daba más garantías de seguridad, y también proporcionaba más trabajo. Un día le llegó su primer contrato mayor. Un importante miembro de la familia debía morir. Y además, tenía que sufrir. Un trabajo difícil, porque el tipo sospechaba lo que se le venía encima, y se había enrocado en su fortaleza rodeado de guardaespaldas. Richard nunca preguntaba a sus contratadores por el motivo del encargo. Si se lo contaban, bien. Si no, también. Por lo demás, tenía bastante claro que rara vez se encarga algo así contra nadie que no tuviera verdaderos tratos con la familia. Y ya se sabe lo que pasa cuando juegas con fuego. En esta ocasión, el contrato también incluía una cláusula de sufrimiento extra.

Richard planeó con cuidado la operación, tomándose varias semanas para ello. Observó que el tipo hacía escapadas de baja seguridad para ver a su chica, acompañado por su chófer, que naturalmente se quedaba en el coche el tiempo que durara la visita.

Durante una de esas visitas al nidito, Richard se acercó al chófer y le disparó en la sien, tapándolo luego con el sombrero, como si se hubiera quedado dormido. Después, esperó a su objetivo principal, al que dejó inconsciente. Lo metió en el maletero y condujo hasta un lugar desierto. Allí, le rompió todos los huesos de las piernas con un bate de beisbol. Luego, Richard lo mató de un golpe seco en la cabeza. Por encargo del contratista, introdujo por el ano del cadáver las tarjetas de crédito de la víctima. Tiró el cadáver al río Hudson, y nunca apareció. La familia, para reforzar su coartada, denunció la desaparición a la policía, pero no hizo falta, porque el cadáver nunca apareció. Richard acababa de convertirse en un hombre importante en su negocio.

MULTA Y BARBECHO
Linda tuvo un segundo hijo de Richard. Richard seguía gastando rápidamente todo lo que ganaba. En aquella época, además, tuvo una mala racha en el billar, en el que se jugaba grandes sumas. También tuvo un problema con la familia, y se decidió que El Polaco tenía que apartarse un tiempo. Richard se buscó un trabajo honrado, de mozo de almacén, que aparte de asegurarle unos ingresos más bien exíguos, le servía de puesto vigía para sus propios chanchullos. Todo empezó por un problema doméstico. El administrador del edificio donde vivía Richard y su familia había pegado a los niños por armar alboroto. Richard encontró al tipo en un bar. El camarero era un policía conocido por todo el barrio. Richard agarró al administrador y le dio una gran paliza. Cuando Richard iba a salir por la puerta, el camarero sacó su placa. Richard le dio varios puñetazos en la cabeza, y se largó. La policía fue a hablar con la familia y Richard tuvo que pagar 3000 dólares para saldar la deuda. También se decidió prescindir de sus servicios un tiempo, por las apariencias.

PROPIEDAD PRIVADA
En aquellos días, Richard estaba prácticamente separado de Linda, pero la consideraba de su propiedad, lo mismo que a los niños, por quienes nunca mostró especial cariño. Un día, Joe, el hermano pequeño de Richard, llamó a este para decirle que había visto a Linda en un hotel con un tipo del barrio, un amiguete. Richard se presentó en aquella habitación y los encontró desnudos. Agarró al tipo y le dio la paliza de su vida, todos los huesos rotos. Richard incluso saltó desde la cama sobre el coleguilla varias veces. Le dejó un fémur sano. Los demás huesos del cuerpo se los rompió. Agarró después a Linda y le dijo “Si no fueras la madre de mis hijos, te mataría aquí mismo.” Acto seguido, se largó. Pero antes de irse,  y para que Linda no olvidara aquel episodio, Richard le cortó los pezones.
Apenas volvieron a tener relación, salvo la estrictamente necesaria para ocuparse de los niños.


VUELTA AL RUEDO
Los trabajos con la familia se retomaron indirectamente. Ahora Richard hacía trabajos para el encargado de la seguridad, un lugarteniente de la mafia de Jersey.

El primer contrato fue para matar a un cobrador que había estado robando la recaudación de las loterías clandestinas. Aquel desdichado aún no lo sabía, pero le había tocado el gordo.
Tenía que ser una muerte ejemplar, para evitar tentaciones. Lo siguió hasta una casa de comidas que el tipo frecuentaba, y esperó fuera. Cuando el tipo salió, llovía y no había nadie cerca. Richard salió del coche y le disparó varias veces a la cabeza, a bocajarro. El arma tenía silenciador, nadie advirtió nada. Richard volvió a su coche y se fué a cobrar su sobre.
El segundo contrato importante también tenía como víctima a uno de dentro. Richard no supo el motivo, símplemente aceptó. Siguió al tipo hasta su yate. Estaba acompañado.

Richard esperó. Era de noche. La chica se fue en una monovolumen y el objetivo se quedó completamente solo. Richard entró en el yate y redujo al tipo. “Voy a hacerte un favor”, le dijo. “Te mataré rápidamente. Y le disparó en la frente, una vez.” Conocía de antes al tipo, y nunca le gustó a Richard. Pero aquella noche se sentía de buen humor, porque había recuperado el favor de la familia.

La alegría duró poco. El jefe del clan para el que trabajaba Richard murió asesinado de un tiro en la cabeza. Durante un largo período de tiempo, las guerras de sucesión se cobraron muchas vidas. Podía caer cualquiera. Richard se apartó. No quería aceptar trabajos de ninguna de las facciones que se disputaban el trono. Imprudente en las apuestas de juego, Richard hizo gala de su buen juicio a la hora de mantenerse fuera de las apuestas de sucesión, no fuera que apostara por caballo perdedor, y se convirtiera él mismo en objeto de algún contrato. Fueron malos tiempos, y Richard bebía contínuamente. Perdía el control de sus actos. Un día, un tipo le molestó en un bar, y lo mató allí mismo de una puñalada. Se fue de allí. La policía hizo preguntas, pero nadie quiso responderlas.
Eso le salvó. Ni la suerte, ni la astucia. La ley del silencio.

EL CORTEJO DEL DEMONIO
Tras un período personal especialmente convulso, Richard intentó un proceso de regeneración. Aceptó un trabajo completamente legal en una imprenta. Allí conoció a Bárbara. Se interesó por ella, y eso no gustó al jefe. “Quédese el trabajo y métaselo por ése culo solemne”, le dijo Richard.

Richard, apuesto, fuerte, elegantísimo, siempre con sus trajes de colores, fue muy insistente en su cortejo a Bárbara. La chica era la hija única de un matrimonio italiano de clase media, y Richard tuvo que ser tenaz para conseguir una cita con ella. Por fin, un día lo logró, y salieron a ver una película un sábado. Bárbara lo pasó bien en aquella primera cita. A la mañana siguiente, Richard volvió a visitar a Bárbara, y el lunes también. Empezaron a salir. Semanas después, Richard la desvirgó, y al poco, Bárbara quedó embarazada

Se casaron. Richard había encontrado a la mujer de su vida. Bárbara acababa de casarse con el demonio.